«Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontes ese sufrimiento»
(Viktor Frankl).
Podremos hablar, discutir, analizar filosófica o religiosamente el sentido del sufrimiento, pero nos quedaremos siempre en las ramas, más aún si de lo que hablamos es del sufrimiento de los demás, sin haberlo compartido nosotros, sin haberlo experimentado en nuestras carnes.
Es uno de los gritos permanentes de la humanidad doliente: ¿Por qué este sufrimiento? ¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¿Por qué no interviene Dios, que es todopoderoso y nos libra de tanto sufrimiento…?
Estos lamentos han recorrido la tierra y han subido como incienso hasta los cielos, intentando que respondiese de alguna forma una supuesta divinidad, impasible, estática, incuestionable.
Peor aún es la creencia de que un Dios que, en teoría, es bueno, clemente, compasivo, todo Amor, pueda imponernos sufrimientos constantes, imposibles de aguantar, para probarnos… ¿De qué, por qué, para qué? El libro de Job analiza espléndidamente el dolor y el sufrimiento en la existencia humana, tirando por tierra todos esos mitos. Pero, como no aprendemos, seguimos manteniendo unas teorías que, aunque sean rebatidas, parece que son inalterables y permanecen, a pesar de todos los testimonios en contra.
Como afirmar que el Dios de Jesús necesita su sufrimiento para salvarnos, por eso tiene que morir de una forma tan cruenta y, así, queda satisfecha su sed de sangre, complacido por el asesinato de un inocente para redimir nuestros pecados. Pensándolo simplemente un poquito, no mucho más, sabemos que este no es el buen Dios, Padre y Madre de Jesús.
Ante el sufrimiento, aunque sea necesario en algunos casos reflexionar sobre el mismo, desde lo analizado por distintos pensadores y místicos, lo más importante es arremangarnos, intentar evitarlo, bajando de las cruces a los crucificados (Jon Sobrino), buscando las causas de ese sufrimiento para que no se vuelva a repetir, siempre que sea posible.
Aunque el sufrimiento a veces nos lleve a querer estar solos en su compañía, para autocompadecernos, no hay nada mejor que dejarnos acompañar para intentar ir superando el dolor causado por él. El sufrimiento no es necesario para nada, no sirve para nada. Podemos sobrellevarlo de la mejor forma posible para que, con el paso del tiempo, saquemos alguna enseñanza positiva.
Otra cosa es el sufrimiento causado por las causas justas que defendemos: si somos perseguidos, denigrados, si nos humillan, nos privan de algunos derechos o posesiones, etc. Este sufrimiento es consecuencia de una opción vital, en defensa de alguien que está siendo pisoteado, oprimido o marginado; en este sentido puede contribuir a fortalecer en muchos sentidos a la persona que sufre por la verdad y la justicia.
No obstante, los inevitables sacrificios y sufrimientos que padecemos por el habitual acontecer de la vida, podemos vivirlos como agobiantes y con tristeza, o como algo normal, que tiene que suceder, que irá pasando y, al final, se irán superando las dificultades. Con un buen talante vital el sufrimiento pierde muchas veces su poder.
«Felices a quienes el inevitable sufrimiento de la vida les hace crecer como personas».
Isaías 65,25 anuncia que en un mundo paradisíaco el lobo y el cordero pacerán juntos, y el león, como el buey, comerán paja. El profeta conoce la realidad del mundo en la que los animales más fuertes se comen a los débiles y es su forma de vida. Pasa algo parecido en el mundo de los hombres donde los más ricos se hacen con la fortuna de los pobres, una actitud que da comienzo a las guerras. Tras la Segunda Guerra Mundial las naciones, para acabar con el caos, se pusieron de acuerdo y montaron unas asambleas, como las Naciones Unidas, en las que todos aceptaban determinadas normas. No era un sistema perfecto, pero era un intento de acabar pacíficamente con todos los conflictos lo que en alguna medida consiguieron
Últimamente vemos que los grandes poderes se están saltando las normas. Rusia se come la península de Crimea y no pasa nada con lo que intenta dar unos pasos en el mismo sentido para ir ganando territorio. El Kremlin se sorprende que los Países pertenecientes a la OTAN ayuden a Ucrania, que quieran proteger al cordero del lobo y, de paso, a sus propios intereses
A los Estados Unidos les gustaría quedarse con Groenlandia y Canadá lo que supone la libertad de navegación para sus barcos en el Ártico, donde ya faenan rusos y chinos. También pretenden hacerse con el Canal de Panamá y ponen las reglas de la inmigración en la zona. Se han dado de baja de la OMS, le ha seguido Argentina, y de unas agencias que ayudaban a los países pobres. Tienen miedo de sus fuertes competidores, como China y en menor medida Rusia, a los que tratan con miramientos arancelarios cuando a Canadá y a Mexico los crujen. Pero la realidad es que hasta ahora era el pastor que cuidaba del rebaño y se ha cansado de hacerlo pues piensa que para sus intereses es perjudicial ese trabajo
China ha puesto sus ojos sobre Taiwan y si todavía no ha invadido la isla es porque produce el 80% de los chips que usan los millones de aparatos que funcionan con tecnología: teléfonos, radios, televisiones… Sabe que sería abrir una guerra con los Estados Unidos y todavía no está preparada. Pero, poco a poco y mientras tanto, va extendiendo su red sobre numerosas naciones africanas
No estamos asistiendo a algo nuevo lo mismo pasó con la Alemania de Hitler y el Japón de los emperadores que, tras la guerra y al ser derrotados, se hicieron lobos vegetarianos como lo hicieran años atrás los países colonizadores, Francia e Inglaterra. Siria se ha quedado tras la marcha de los rusos y la debilidad de Irán con el cartel de Se vende
Algunas naciones como Australia o Polonia crecieron sus economías respaldadas de los lobos y hoy son prósperas. Otras se durmieron en sus laureles y hoy temen la voracidad suelta de las fieras ya que han bajado sus defensas, como algunos países europeos, y las ven hambrientas merodeando por sus fronteras. La verdad es que la única salida para los países pequeños es la ayuda mutua, pero hacerlo supone una merma de sus respectivas autoridades nacionales. Nadie quiere ceder y tal vez cuando lo consigan será demasiado tarde
La realidad es que estamos viviendo un momento en el que se ha terminado la tranquilidad del zoológico – estoy hablando de occidente – donde cada animal vivía separado y hasta que no encontremos la solución nos queda solo soñar con la profecía de Isaías, una tierra donde el lobo y el cordero pacerán juntos y el león como el buey, comerán paja.
“El mensaje de la libertad parte del mismo Jesús. Jesús libera al ser humano para ser lo que es: para ser hijo o hija de Dios. Pero si somos hijos e hijas de Dios, los demás no pueden esclavizarnos, no podemos otorgarle poder sobre nosotros a ningún ser humano. Si le pertenezco a Dios y no al mundo, eso me libera del poder del mundo, del poder de sus expectativas, de sus exigencias. Si pertenezco a Dios y no le pertenezco a ningún ser humano, eso me libera también en mis relaciones con otros seres humanos”.
“No debemos dejarnos determinar por leyes, sino sólo por el Espíritu de Cristo, el cual también siempre es el Espíritu del amor. No debemos dejarnos atribular por los propios cargos de conciencia, pues a menudo provienen de una educación medrosa y estrecha. El cristiano es libre. El mundo ya no tiene poder sobre él. No debe preguntarse constantemente si será sancionado cuando hace algo que está en contra de las normas de sus padres o de sus normas interiores. Sin embargo, no debe hacer de su libertad una ideología. La verdadera libertad consiste en que puedo distanciarme también de ella”.
“En mi relación personal con Dios soy totalmente libre. Allí nadie tiene nada que decir. Y al mismo tiempo experimento, en esa relación personal con Dios, la verdadera libertad. Puedo transitar mi propio camino interno en una comunidad que no tiene ninguna comprensión por mí, que con todas sus fuerzas desea acorralarme. Algunas personas se resignan o se amargan ante situaciones de incomprensión, se aíslan, y esto no hace bien a la vida espiritual. La espiritualidad siempre es un camino hacia la libertad; por eso debo medir cuánta libertad externa puedo lograr: dónde vale la pena comprometerme con lograr una comunidad más amplia y libre, y donde sólo queda el camino a una libertad interior, no importa cuánto luche”.
“Si sólo nos sentimos vitales cuando otra persona está cerca, eso atenta en contra de nuestra dignidad”.
“La libertad no se deja conquistar con una simple decisión. Se encuentra más bien al final de un largo proceso”.
“La libertad para el evangelio de Juan es esencialmente amor”.
“Queremos ser como Dios y vigilamos temerosamente aferrándonos a nuestra grandeza. Pero quien experimenta a Dios en sí mismo no necesita atarse a sí mismo. Es libre de bajar la cabeza. Pues sabe que Dios está en él, también en la bajeza. Quien se aferra empedernidamente a sí mismo, no se encuentra en sí y no ha experimentado realmente a Dios”.
“Porque Dios vive en nosotros, porque nos acepta y nos ama infinitamente, no debemos temer si alguien tiene un concepto negativo de nosotros. Necesitamos dedicar tiempo para meditar intensamente la realidad del amor de Dios que vive en nosotros, hasta que la realidad de Dios sea más fuerte que los pensamientos que tenemos sobre nosotros mismos y sobre los demás, hasta que el Espíritu de Dios nos penetre más que el espíritu del miedo y de la preocupación”.
“Para Pablo, Cristo es quien me libera de presiones internas y externas. Y estamos hoy tan dominados por tales presiones como en los tiempos de Pablo. Por un lado nos domina la presión de tener que mostrarle algo a Dios, de tener que hacer algo ante sus ojos. Esta presión está profundamente arraigada en nuestro corazón. Consciente o inconscientemente, de algún modo creemos, que debemos ganarnos nuestro derecho de existir, que debemos hacer algo tanto ante Dios para poder existir ante Él, como ante otros seres humanos para que nos quieran. Puede ser que la presión del perfeccionismo nos lleve a evitar todo error. Percibo, en la dirección espiritual, la tiranía que puede ejercer semejante perfeccionismo. Las personas se ven obligadas a sobre exigirse constantemente, porque temen cometer errores. Y cuando cometen un error, ya no valen nada, toda su estructura de vida se derrumba. Intentan controlar todo el tiempo su comportamiento, sus emociones y sus palabras, pero cuanto más lo intentan, más escapa la vida de sus manos. Tienen la idea fija de evitar todo error, y entonces caen de fracaso en fracaso. Por mucho que se esfuercen, no podrán escaparse de la presión. El intento de tener toda mi vida bajo control sólo puede conducirnos a la frustración, al desespero y al fracaso”.
“Cuando le presento a Dios mis manos vacías, me siento totalmente libre, libre de toda ambición de querer mejorarme, libre de todos los reproches que me hago a mí mismo, libre de toda presión a la que yo mismo me someto. En ese momento, percibo algo de la libertad de quienes se llaman a sí mismos hijos e hijas de Dios; de la libertad que supone poder estar como hijos en la casa de Dios, que me acepta tal y como soy. Siento que a pesar de todos los errores y todas las debilidades, en el fondo, todo es bueno, porque estoy en las buenas manos de Dios que dan la forma a la imagen de Dios en mí, tanto por la lucha y la derrota como por los logros y los fracasos”.
“La libertad no es un trabajo que yo puedo realizar, sino la expresión de lo que yo vivo, tal como puedo y según mis limitaciones y, al mismo tiempo, según mis capacidades y mis fuerzas”.
“La verdadera libertad consiste en amar desinteresadamente. Pero muchas veces, en nombre del amor, se somete la libertad y se ejerce poder. Si, por ejemplo, un sacerdote en una reunión parroquial alega ante cualquier conflicto que debemos amarnos unos a otros, ésta es una forma sutil de ejercer poder. No permite que aflore el conflicto, reprime toda oposición. Les trasmite un sentimiento de culpa a quienes quieren discutir entre sí con total sinceridad. A veces se confunde el amor con unidad forzada, pero si el amor no está marcado por la libertad no es el amor del que Jesús nos habló y que nos predicó con su ejemplo. El amor que Cristo nos predica no es el amor de esclavos, sino el de hermanos y hermanas libres, es el amor que nace de la libertad y hacia ella nos lleva”.
“La libertad es una premisa esencial para el trato entre las personas. Si permitimos que otros tengan poder sobre nosotros y dependemos de ellos, no somos libres. La libertad tampoco significa que nos distanciemos totalmente de los demás. El arte consistiría, más bien, en que podamos entregarnos al conflicto y sentirnos, al mismo tiempo, libres de él. Permitimos el conflicto. Estamos por encima del conflicto. Esta es la verdadera libertad”.
“La dependencia perjudica nuestra dignidad… Sólo la libertad interior responde a nuestra dignidad… Sólo quien es libre puede comprometerse”.
*
Anselm Grün
(Ideas tomadas de “Con el corazón y todos los sentidos“)
“Cuánta energía desperdiciamos soñando con una comunidad sin defectos”
“‘No libres a un camello de la carga de su joroba. Tal vez lo estés librando de ser un camello’ (Joan Chittister)”
“Desde que leí esta frase, he pensado muchas veces en cuánta energía desperdiciamos soñando con una comunidad compuesta por sujetos que, sin perder su condición dromedaria, estarían despojados de sus jorobas”
“¿Daríamos más gloria de Dios liberados de esos defectos y de otros muchos? Me aventuro a responder que no y que esas jorobas forman parte, misteriosamente, de la Gloria de Dios”
“No libres a un camello de la carga de su joroba. Tal vez lo estés librando de ser un camello”. Desde que leí esta frase en un libro de Joan Chittister, he pensado muchas veces en cuánta energía desperdiciamos soñando con una comunidad compuesta por sujetos que, sin perder su condición dromedaria, estarían despojados de sus jorobas. Imaginamos entonces a Sor Remedios sin hacernos reproches porque no le preguntemos por su rodilla; a Fray Raimundo, cediendo de buena gana el mando de la televisión; a la hermana Enriqueta disculpando a las que todo lo desordenan; al Hermano Baudilio sin mirarnos furibundo cuando llegamos tarde a Vísperas.
¿Daríamos más gloria de Dios liberados de esos defectos y de otros muchos? Me aventuro a responder que no y que esas jorobas forman parte, misteriosamente, de la Gloria de Dios. Un Dios que, para asombro de los ángeles, es incapaz de remediar su encariñamiento por nosotros a pesar de nuestras torpezas.
Imaginemos también una comunidad en la que hubieran desaparecido las contrariedades, los enfados, las impaciencias, las incoherencias, las meteduras de pata: nadie protesta ante un imprevisto; fluye la comunicación y se apuntan cuidadosamente los recados; se dialoga sin levantar la voz en los conflictos; se cede con facilidad y nadie masculla por lo bajo letanías quejosas. Un dulce ungüento de unión baja por la barba, la barba de Aarón.
¿Algún inconveniente? Todos. Nos perderíamos los gestos silenciosos de acercamiento para romper distancias, el alivio de sabernos perdonados, el precioso ejercicio de disculpar fallos, el calor del abrazo de reconciliación, la experiencia mil veces repetida de llevar el tesoro en vasos de barro, el milagro de seguir convencidos de que la vida fraterna es posible.
Con el permiso de Pablo estamos invitados a decir: “Para que no me sobreestime, soy portador de una joroba que se encarga de abofetearme para que no me enorgullezca. He rogado al Señor que la aparte de mí y me ha dicho: “Te basta mi gracia”. Así que seguiré presumiendo gustosamente de ella para que habite en mí la belleza de Cristo” (Cf 2 Cor 12)
Según los datos de la Organización Mundial de la Salud, el suicidio es la primera causa de muerte violenta en el mundo. El problema añadido es que muchos suicidios pasan por accidentes fortuitos para ocultar la verdadera causa de la muerte por el estigma asociado que empuja a algunos familiares a ocultar la verdadera causa de la muerte. El gran problema es que el suicidio sigue siendo socialmente invisible. No se habla de ello, luego “no existe”.
Estamos ante una realidad tan antigua, al menos como el Imperio Medio egipcio, del que conocemos un poema escrito hace 4000 años referido al suicidio. Es difícil asimilar el final de una persona cercana como un acto deliberado de autodestrucción. Estamos ante una opción extrema que deja a las personas cercanas un poso de culpa pensando en lo que se podría haber hecho para evitar el suicidio. Por tanto, el duelo se hace más difícil ante un hecho violento voluntario e inesperado.
Probablemente el aislamiento, la soledad y la falta de motivos para levantarse cada día, abrazar y ser abrazados, o carecer la vida de sentido, expliquen este fenómeno. Sin olvidarnos de las personas relacionadas socialmente que se sienten mortalmente solas. Y todo este colapso interior se vive generalmente en secreto. Algunos consideran el suicidio un acto de valentía, pero ningún experto entiende que deba plantearse como una solución racional o inteligente. Lo natural es querer vivir. Incluso existe un día mundial para la prevención del suicidio para visibilizar este escape del sufrimiento, al menos en muchos casos.
¿Es que antaño no había razones dolorosas suficientes para quitarse de en medio? ¿Tenemos menos defensas? Entre los motivos que, según los demandantes de ayuda, provocaban grandes sufrimientos, destacaba sobremanera las crisis de angustia provocadas por la soledad. El miedo, la vergüenza, la culpa a la hora de afrontar el problema, deben dejar paso a verbalizar los sentimientos como medio de liberación y prevención eficaz.
Soledad íntima que conocemos bien y va en aumento, de tantas personas que sufren este problema, incluso con gente con la que relacionarse mientras encubren una incomunicación en sus relaciones. No es suficiente tener alguien al lado. El desafío de cuidarnos bien supone responder también a las necesidades de relación, tanto a nivel familiar como social. Las redes sociales maquillan el problema al conseguir que estemos intercomunicados pero mal comunicados, sin la necesaria relación presencial.
En los casos de suicidio, la OMS y las asociaciones de quienes han vivido cerca la trágica experiencia, apuestan por no refugiarse en el silencio informativo. Lo adecuado desde el mundo de la prevención es la divulgación de la máxima información sobre el riesgo que queremos prevenir. La información constante sobre los accidentes de tráfico, el cáncer y ahora con la violencia de género logra la conciencia social del problema, lo mismo debiera ocurrir con las muertes suicidas.Es una obviedad que lo que no se publica no existe. Aun así, y pesar del acuerdo generalizado de que hay que hablar más del suicidio, apenas se habla salvo que estemos ante el caso de una persona famosa, en cuyo caso la información tiene que ver más con el sensacionalismo. Y con personas famosas mediante, el peligro es la conducta imitativa o “efecto Werther”.
Ni silencio ni sensacionalismo. Hacerlo bien puede salvar muchos sentimientos heridos que de lo contrario podrían ser dañados profundamente en las personas cercanas al suicida. Y seguir los consejos de los expertos. El problema de la autolisis no mejora con el empeño por esforzarnos en dar la sensación de buen balance, sino compartiendo lo que nos machaca el ánimo. Escuchar salva. José Carlos Bermejo afirma que la escucha es la herramienta con la que se puede evitar la muerte social, la soledad.
Los cristianos nos olvidamos que la oración es una forma de comunicación. La soledad de tantos excluidos como acogió Jesús, marca el camino a estar atentos en nuestro entorno y, sobre todo, a a escuchar mejor, sin ceder jamás a la tentación de no pararnos a escuchar a quien nos parece un incordio o nos enerva su carácter. Paciencia es amor, en este caso. Me gustaría saber cuánto se reducirían las listas de suicidas si se sintieran escuchados con la debida atención sin sentirse juzgados…
Paz a vosotros, mis amigos,
que estáis tristes y abatidos
rumiando lo que ha sucedido
tan cerca de todos y tan rápido.
Paz a vuestros corazones de carne,
paz a todas las casas y hogares,
paz a los pueblos y ciudades,
paz en la tierra, los cielos y mares.
Paz en el trabajo y en el descanso,
paz en las protestas y en la fiesta,
paz en la mesa, austera o llena,
paz en el debate y el diálogo sano.
Paz en los sueños y retos sociales,
paz en los surcos abiertos de las labores,
paz en la pasión pequeña o grande,
paz a todos, niños, mujeres y hombres.
Paz en las plazas y caminos,
paz en los asuntos políticos,
paz en vuestras alcobas y ritos,
paz en todos vuestros destinos.
Paz luminosa y siempre florecida,
paz que, al alba, se levante viva
y a la noche, nunca muera,
paz para vivir en fraterna armonía.
Paz que abre puertas y ventanas,
paz que no tiene miedo a las visitas,
paz que acoge, perdona y sana,
paz dichosa y llena de vida.
La paz que canta la creación entera,
que el viento transporta y acuna,
que las flores le ponen perfume y hermosura,
y todos los seres vivos con ella se alegran.
Paz que nace del amor y la entrega
y se desparrama por mis llagas
para llegar a vuestras entrañas
y haceros personas nuevas.
Mi paz más tierna y evangélica,
la que os hace hijos y hermanos,
la que os sostiene, recrea y anima,
es para vosotros, hoy y siempre, mi regalo.
¡Vivid en paz, gozad la paz.
Recibidla y dadla con generosidad.
Sembradla con ternura y lealtad,
y anunciadla en todo tiempo y lugar!
Las lecturas litúrgicas del domingo de la VII semana del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
Estoy sentado en una sala vacía envuelto en un pesado manto de oscuridad. El contorno más tenue de una pantalla y el asiento de terciopelo suave delatan que estoy en una sala de cine. La pantalla está vacía, todavía no hay imágenes proyectadas en ella. Al final del pasillo, una puerta se abre con un chirrido. Pasos. Alguien se desliza a mi lado, pasando por encima de los cientos de asientos vacíos. Ninguno de los dos hace contacto visual, pero sé quién está sentado conmigo: Jesús. Sin previo aviso, el zumbido del proyector corta el silencio. Jesús me da una palmadita en el brazo y susurra: “Y ahora, la presentación“. Escenas de mi vida inundan la pantalla. Recuerdos de alegría y tristeza. Momentos de esperanza y desesperación. ¿Estoy muriendo?, me pregunto. “Estás muy vivo, en más formas de las que crees“, responde Jesús, percibiendo mi ansiedad. Risas, tristeza, odio y amor. Personas que me han hecho daño. Personas a las que he hecho daño. Imagen tras imagen, recuerdo las veces que no he sabido amar a los demás. “Lo siento”, le digo temblando a Jesús. “Debería ser más amable”. Jesús se ríe entre dientes. “Todos tenemos nuestros momentos”. De repente, la película se congela. Estoy viendo una versión más joven de mí. Michael, de 14 años. La edad en la que me di cuenta de que soy transgénero. Mi cabello aún no está cortado. Una sonrisa tonta intenta ocultar la tristeza en mis ojos. “Los recuerdo”, digo con ganas de apartar la mirada. El odio a uno mismo no es exactamente un éxito de taquilla. Jesús espera. “Cuando era esa persona, los odiaba”, digo. “Ahora los amo con todo mi corazón”. Una nueva diapositiva aparece en la pantalla. “¿Los amas?”, pregunta Jesús en voz baja. Me concentro en la imagen, yo soplando las velas de una tarta, tomada el día de mi 29 cumpleaños el pasado octubre. Dudo. Me muero por decir que sí, pero sé la verdad. Jesús sabe la verdad. “No tan plenamente como se merecen. No siempre con la amabilidad o la ternura que extiendo a mi familia y amigos”. Jesús me aprieta la mano. Antes de que pueda parpadear, Jesús se ha ido. Mi oración termina demasiado pronto.
Tengo que admitirlo: compartir la oración personal fuera de mi diario privado da miedo. Mi corazón y mi alma se sienten expuestos: el precio que pagamos por la solidaridad. La vulnerabilidad es un elemento fundamental para fomentar y mantener la comunidad. A través de mi oración, obtuve claridad sobre la gracia del amor propio y su valor para la vida comunitaria.
En la lectura del Evangelio de hoy, Jesús no se anda con rodeos: debemos amarnos unos a otros. Eso es bastante fácil, ¿verdad? Sin embargo, nos enseña que el amor no solo incluye sino que se extiende especialmente a nuestros enemigos. Ah, el truco. Hacer el bien a nuestros adversarios no siempre es cómodo ni agradable, y eso está bien. Parte de nuestra responsabilidad como discípulos es seguir los pasos de Cristo a pesar de las circunstancias difíciles.
Sin embargo, el desafío de amar a un enemigo pesa más en el cuerpo, la mente y el alma cuando es él quien nos mira en el espejo.
La depresión, la ansiedad y el autodesprecio se apoderan de muchos en la comunidad LGBTQ+, y los católicos LGBTQ+ no son una excepción. No soy una excepción. He atravesado los altibajos de la salud mental durante mi infancia, mi adolescencia y ahora en la edad adulta. Las personas queer corren un mayor riesgo de tener una mala salud mental que nuestros pares cisgénero y heterosexuales. Los problemas de salud mental no son inherentes a nuestras identidades. Son el resultado del prejuicio, la opresión, el rechazo y el miedo que cargan las personas LGBTQ+. Múltiples estudios científicos han confirmado el daño que estas experiencias causan a los resultados de salud mental de las personas queer.
No es que me considere activamente mi propio enemigo. Realmente no lo soy. El autodesprecio que una vez plagaba mi mente se evaporó hace años. Sin embargo, subconscientemente, he conservado mensajes de transfobia a lo largo de los años. Como adulto, puedo reconocer que ninguno de esos mensajes era cierto. Sin embargo, esas versiones más jóvenes de mí todavía existen, heridas por la dureza. Durante los ataques de ansiedad, cuando no estoy pensando lógicamente, estos pensamientos pueden resurgir y arrastrarme a la tristeza.
Los ataques actuales y constantes contra la comunidad trans también han hecho resurgir estos pensamientos, especialmente dada la frecuencia. Todos. Los. Días. ¿Cómo se supone que debo sentirme valiente cuando hay una afluencia de odio a mi alcance todas las mañanas, tardes y noches? Desconectarme no es una opción. Me niego a ignorar los peligros que enfrenta mi comunidad y las comunidades de mis vecinos.
Comunidad. La comunidad es lo que he descubierto que es la respuesta.
A principios de este mes, tuve un ataque de pánico. Era tarde en la noche y sentí como si un fuego artificial hubiera explotado en mis pulmones, quemando todo el aire que necesitaba para respirar. Me comuniqué con un amigo, que es sacerdote, y le pregunté si existía la más mínima posibilidad de que Dios pudiera odiar a las personas trans. Me sentí tonto al hacer la pregunta: sé que Dios ama a todos. Pero ¿y si estaba equivocado? El sacerdote no me hizo sentir tonto: respondió con tranquilidad que Dios es amor. En el fondo, sabía cuál sería su respuesta. Creo que lo que realmente estaba buscando en ese momento no era la confirmación del amor de Dios, sino que alguien estuviera conmigo en mi miedo. Hace años, me habría guardado mis preocupaciones para mí, por miedo a ser una carga. Pero no soy una carga, así que le pedí ayuda y él apareció para mí. Porque lo valgo.
Muchas personas han aparecido para mí recientemente. Amigos, familiares e incluso conocidos me han llamado o enviado mensajes de texto, sin que se los pidiera, para recordarme que se preocupan. Estoy especialmente agradecida por los ancianos lesbianas, trans y gays que se han acercado. Admiro profundamente su vida de perseverancia a través de Stonewall y la crisis del SIDA. Ahora aquí están una vez más, amando a su comunidad a través de la crisis y ayudando a sus hermanos LGBTQ+ a amarse a sí mismos.
El trabajo del amor propio no es fácil. Requiere desaprender las mentiras que nos han dicho sobre quiénes somos y apoyarnos en la verdad de que Dios se deleita en nosotros exactamente como somos. Esta verdad no se limita a los momentos en que nos sentimos fuertes, confiados o fieles. Más importante aún, es cierta en nuestra debilidad, nuestra duda e incluso en nuestro autodesprecio. El amor de Dios nunca flaquea y nos llama a amar de la misma manera, empezando por nosotros mismos.
Voy a engarzar en paz esas espinas
entre las rosas todavía nuevas.
Mi voluntad rendida Tú examinas,
Tú mi holocausto sin retorno pruebas.
Tus manos han ceñido mis riñones
desde la mocedad. Te ha reservado
mi corazón la flor de sus carbones.
Si he amado, Señor, a Ti te he amado.
Mi opción de eunuco por el Reino ostento
sobre esta frágil condición de hombre,
capaz, con todo, de acoger Tu aliento.
Cuando el lagar su desazón concluya,
Tú salvarás la causa de mi nombre
que sólo quiere ser la Causa Tuya.
*
***
Pedro Casaldáliga El Tiempo y la Espera.
Editorial Sal Terrae, Santander 1986
***
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
– «A vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a losque os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo.
Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: osverterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida quemidiereis se os medirá a vosotros».
*
Lucas 6, 27-38
***
Mirad por qué camino va Dios hacia los hombres, hacia sus enemigos. Es el camino que la misma Escritura llama necedad, el camino del amor hasta la cruz. Reconocer la cruz de Jesucristo como el invencible amor de Dios a todos los hombres, tanto a nosotros como a nuestros enemigos: ésta es la mayor sabiduría.
¿O creemos que Dios nos ama a nosotros más que a nuestros enemigos? ¿Acaso nos creemos los benjamines de Dios? La cruz no es propiedad privada de nadie: pertenece a todos los hombres, tiene valor para todos. Dios ama a nuestros enemigos -eso es lo que significa la cruz-, por ellos sufre, por ellos conoce la miseria y eldolor, por ellos ha dado a su Hijo amado. Por eso tiene una importancia capital que ante cualquier enemigo que nos encontremos, pensemos de inmediato: Dios le ama, lo ha dado todo por él. También tú, ahora, dale lo que tengas: pan, si tiene hambre; agua, si tiene sed; ayuda, si está débil; bendición, misericordia, amor. ¿Pero lo merece? Sí. En efecto, ¿quién merece ser amado, quién necesita nuestro amor más que aquel que odia? ¿Quién es más pobre que él? ¿Quién está más necesitado de ayuda, quién está más necesitado de amor que tu enemigo? ¿Has probado alguna vez a considerar a tu enemigo como alguien que, en el fondo, está delante de ti en su extrema pobreza y te ruega, sin poder dar voz a su ruego: «Ayúdame, dame lo único que todavía me puede ayudar a liberarme de mi odio, dame el amor, el amor de Dios, el amor del Salvador crucificado»? Todas las amenazas, todos los puños tendidos son, en definitiva, mendigar el amor de Dios, la paz, la fraternidad.
Cuando rechazas a tu enemigo, rechazas al más pobre de los pobres, le echas a la calle […]. La brasa de carbón quema y hace daño cuando te toca. También el amor puede quemar y hacer daño. Nos enseña a reconocer qué miserables somos. Es el dolor ardiente del arrepentimiento el que se hace sentir en aquel que, a pesar del odio y de las amenazas, encuentra sólo amor, nada más que amor. Dios nos ha hecho conocer este dolor. Cuando lo hayamos experimentado, ya está, ha sonado la hora de la conversión.
*
Dietrich Bonhoeffer, Memoria y fidelidad, Magnano 1979, pp. 117ss y 123ss, passim.
«A los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian». ¿Qué podemos hacer los creyentes ante estas palabras de Jesús? ¿Suprimirlas del Evangelio? ¿Borrarlas del fondo de nuestra conciencia? ¿Dejarlas para tiempos mejores?
No cambia mucho en las diferentes culturas la postura básica de los hombres ante el «enemigo», es decir, ante alguien de quien solo podemos esperar algún daño. El ateniense Lisias (siglo V a. C.) expresa la concepción vigente en la antigua Grecia con una fórmula que sería bien acogida también hoy por bastantes: «Considero como norma establecida que uno tiene que procurar hacer daño a sus enemigos y ponerse al servicio de sus amigos».
Por eso hemos de destacar todavía más la importancia revolucionaria que se encierra en el mandato evangélico del amor al enemigo, considerado por los exegetas como el exponente más diáfano del mensaje cristiano.
Cuando Jesús habla del amor al enemigo, no está pensando en un sentimiento de afecto y cariño hacia él, pero sí en una actitud humana de interés positivo por su bien.
Jesús piensa que la persona es humana cuando el amor está en la base de toda su actuación. Y ni siquiera la relación con los enemigos ha de ser una excepción. Quien es humano hasta el final respeta la dignidad del enemigo, por muy desfigurada que se nos pueda presentar. No adopta ante él una postura excluyente de maldición, sino una actitud de bendición.
Y es precisamente este amor, que alcanza a todos y busca realmente el bien de todos sin excepción, la aportación más humana que puede introducir en la sociedad el que se inspira en el Evangelio de Jesús.
Hay situaciones en las que este amor al enemigo parece imposible. Estamos demasiado heridos para poder perdonar. Necesitamos tiempo para recuperar la paz. Es el momento de recordar que también nosotros vivimos de la paciencia y el perdón de Dios.
1Samuel 26, 2 7-9. 12-13. 22-23: El Señor te puso hoy en mis manos, pero yo no quise atentar contra ti. Salmo responsorial: 102: El Señor es compasivo y misericordioso. 1Corintios 15, 45-49: Somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial. Lucas 6, 27-38: Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo.
Primera lectura En 1Sam 24 leemos que David perdona la vida de Saúl. Muy cerca, en 1Sam 26 nos encontramos una versión del mismo relato, que, aunque distinto en la forma, en el fondo sigue siendo el mismo. El texto pretende mostrar cómo en la vida de David la misericordia está unida a su valentía. Después entrar de David en el ejército de Saúl, sus brillantes actuaciones despertaron en Saúl envidia y deseos de darle muerte. David tiene que huir, viviendo un tiempo como fugitivo. Los Zifitas le avisan a Saúl que David está escondido en el desierto. De inmediato “Saúl se levantó y bajó al desierto de Zif, acompañado de tres mil hombres escogidos de todo Israel, para buscar allí a David” (1 Sam 26,2). Dándose cuenta David que Saúl había armado su campamento y que todos dormían, se acercó junto con su ayudante Abisay, encontrando efectivamente dormido a Saúl y todo su ejército. Dios les había mandado un sueño profundo. Todas las condiciones estaban dadas para que David diera de baja a quien quería darle muerte sin razón. Abisay le pide a David que le permita clavar a Saúl en tierra con su lanza. David se niega porque no puede ser clavado en tierra aquel cuya vida depende del que está en el cielo, pues ha sido ungido por el mismo Dios. David muestra su misericordia respetándole la vida a Saúl, y su fidelidad a Dios, reconociéndolo como su ungido. David termina la escena dejando todo en manos de Dios: “Yahvé devolverá a cada uno según sus méritos y fidelidad, pues te había entregado en mi poder, pero no he querido levantar mi mano contra ti por ser el ungido de Yahvé” (1 Sam 26,23).
Segunda lectura
Pablo sigue empeñado en su reflexión sobre la resurrección de los muertos. 1Cor 15,35-58 trae algunos argumentos sobre el modo de nuestra resurrección corporal. En el texto de hoy, Pablo recoge algunas interpretaciones judías que identifican al Adán del primer capítulo del Génesis como el creado a imagen de Dios y por tanto como ser celestial; en cambio, el del capítulo 2 corresponde al Adán sacado del barro y por tanto, un ser terreno y mortal. Jesucristo es el Adán espiritual a quien deben asemejarse los creyentes. Hay que anotar que los judíos no entendían lo espiritual como lo inmaterial, sino como lo que es dinámico, activo, que anima y da vida. Los cristianos en cambio conocemos las dos facetas, en cuanto que nacemos como el Adán terrestre, pecador y corruptible, pero estamos llamados a ser semejantes al Adán espiritual, que es Cristo, que nos anima y nos da vida en abundancia.
Evangelio
Seguimos con el “sermón del llano”. Después de una primera parte de bienaventuranzas y “Ayes”, Jesús inicia la segunda parte invitando a todos los que lo escuchan a cultivar un amor misericordioso y universal para llegar a ser como el Padre que está en los cielos. Si a los pobres los había llamado bienaventurados sin exigirles ningún comportamiento ético previo, ahora, si quieren seguir siéndolo deben llenarse del modo de ser cristiano. Para esto, se necesita según Jesús, algunos principios fundamentales.
En primer lugar, el amor a los enemigos. El AT ve en el odio a los enemigos algo natural (Sal 35), Jesús en cambio une el amor a los enemigos con el amor al prójimo. Los padres de la Iglesia, vieron en el perdón a los enemigos, la gran novedad de la ética cristiana. El filósofo judío del siglo XX P. Lapide (citado por Francois Bovon) escribió: “alegrarse de la desgracia del otro, odiar a los enemigos, devolver mal por mal, son actos prohibidos, mientras que se exige la magnanimidad y el socorro ofrecido al enemigo necesitado. Pero el judaísmo ignora el amor a los enemigos como principio moral.
Este imperativo es el único en los tres capítulos del sermón de la montaña, que no tiene ni un paralelismo claro ni una analogía con la literatura rabínica. Constituye, en términos teológicos, una propiedad jesuánica”. La novedad de Jesús supera por tanto la ley del talión “ojo por ojo y diente por diente”, que rigió por siglos la justicia de Israel. También supera la fórmula veterotestamentaria y neotestamentaria de “amarás al prójimo como a ti mismo” pues ya incluye a los enemigos. Esto no significa que estamos exentos de tener enemigos, menos aún, los que al estilo de Jesús luchamos contra la injusticia, la intolerancia, la corrupción, la violencia, etc. De lo que se trata es de no asumir actitudes condenatorias, sino de abrir los espacios y posibilidades para que los “enemigos” encuentren el camino de la conversión y reconciliación. Que vean en nosotros el amor del Padre y el testimonio vivo de lo agradable que es vivir como hermanos.
Un segundo principio es “al que te golpee en una mejilla preséntale también la otra. Al que te arrebate el manto, entrégale también el vestido. Da al que te pide, y al que te quita lo tuyo, no se lo reclames” (vv. 29-30). Jesús no intenta reducirnos a la pasividad, el conformismo o la resignación (se trata de ser mansos, pero no “mensos”, tontos). ¿Por cuánto tiempo utilizaron los poderosos la “resignación cristiana” para acallar las voces que exigía sus derechos? No se trata de renunciar a nuestros derechos ni de callarnos frente a las injusticias, sino de renunciar a la violencia como medio absoluto para resolver las diferencias y los conflictos, también, renunciar a nuestras comodidades o a nuestras prendas más preciadas para darla a los que más las necesitan. En este sentido, Jesús supera el concepto de compartir que se tenía hasta el momento, pues ya no basta solo compartir el “pan con el hambriento…” sino entregarlo todo, incluso hasta la propia vida.
En 6,31 encontramos lo que suele llamarse la regla de oro de la convivencia humana. Esta regla era ya conocida en el mundo judío. La novedad de Jesús es cambiar su sentido de reciprocidad por la búsqueda sincera e inagotable de “tratar bien al otro, como quisiéramos que nos trataran a nosotros. La prueba mayor de “tratar bien” es hacerlo con los enemigos, que significa el amor por todos aquellos que con sus obras hacen del mundo un caos, la tolerancia por lo que piensan diferente, la comprensión por los que escogen caminos diferentes, etc. Esto hay que concretizarlo religiosamente rezando por los que nos persiguen y bendiciendo a los que nos maldicen. Amar, bendecir, orar por los “enemigos” no significa perder el sentido de la crítica, de la denuncia o de la reprensión. Lo que pide Jesús es que la iniciativa del amor, del perdón, de la bendición la llevemos los cristianos. Es el testimonio lo que más rápida y eficazmente puede cambiar a los que odian, hacen el mal y maldicen. Bien dice Mt 5,16: “hagan, pues, que brille su luz ante los hombres; que vean estas buenas obras, y por ello den gloria al Padre de ustedes que está en los cielos”. El v. 35 es un precioso resumen de todo lo dicho hasta el momento. En el v. 36 encontramos un tercer principio para vivir al modo cristiano: “Sean misericordiosos como es misericordioso el Padre de ustedes”. Mientras Lucas habla de misericordia Mateo de perfección. La misericordia se presenta como un elemento constitutivo del ser cristiano, por que lo es también de Dios.
¿Nos hemos preguntando alguna vez cuán misericordiosos somos? Muchas veces confundimos la misericordia o la compasión con la lástima y eso no es cristiano, por que el que tiene lástima inconscientemente se presenta como superior al otro, en cambio el que tiene misericordia establece una relación de hermanos para encontrar juntos el camino del Señor.
En cuarto lugar, tenemos tres exhortaciones que concretan la actitud misericordiosa de todo cristiano. La primera “No juzguen y no serán juzgados” (v. 37). Esto no significa perder la capacidad de opinar sobre lo bueno o lo malo, sino destruir al hermano a través de la crítica, el chisme y la calumnia. Si esta primera exhortación se dice en negativo, la segunda será en positivo: “perdonen y serán perdonados. La misericordia no se entiende sin la capacidad de perdonar, por que es en este momento cuando las comunidades llegan a vivir realmente como hermanos. La última exhortación, también en positivo es “Den y se les dará”. La misericordia encuentra su punto más alto en el dar y darse. El testimonio de Jesús fue de entrega total por la causa de Dios. Dios lo entregó todo, hasta su propio Hijo. ¿Y nosotros? Entregamos lo que nos sobra o solo lo menos importante. Dar hasta la propia vida por el hermano es la manera más auténtica de vivir el cristianismo. Leer más…
Estamos en un tiempo en que los prepotentes (señores del mundo) quieren imponer su pretendido “perdón” (=su paz), para seguir dominando sobre el mundo, reuniéndose para ello en Múnich o en Arabia En contra de eso, el verdadero perdón y paz (amor) sólo puede ofrecerse/darse en gratuidad y sólo puede extenderse desde las víctimas.
| Xabier Pikaza
Principios
(1) Novedad del evangelio. Actualidad del perdón. Jesús ha radicalizado y universalizado la experiencia bíblica del perdón, no sólo ofreciéndolo en nombre de Dios, sino pidiendo a los hombres que se perdonen entre sí. Por otra parte, la experiencia pascual es una experiencia de perdón radical y de nuevo nacimiento. Frente a la ley del sistema, donde sigue rigiendo el talión (¡a cada uno según su merecido!), el evangelio sitúa a los hombres ante el don y tarea del perdón, que supera el legalismo, haciéndonos capaces de desactivar la bomba de violencia que amenaza con destruir la vida de la humanidad. Así lo ha destacado la antropóloga judía H. Arendt:
El descubridor del papel del perdón en la esfera de los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret. El hecho de que hiciera este descubrimiento en un contexto religioso y lo articulara en un lenguaje religioso no es razón para tomarlo con menos seriedad en un sentido estrictamente secular (La condición humana, Paidós, Barcelona 1993, 255-262).
El primer requisito para alcanzar la paz, en las condiciones actuales de la humanidad, dividida por la imposición de unos, el deseo de revancha de otros y el odio de todos, es el perdón, que viene a revelarse como el único poder que rompe el círculo del eterno retorno del pasado (con su ley de acción y reacción) que encierra a los hombres en su destino de violencia. El perdón rompe la lógica de la venganza (del talión que siempre se repite: ojo por ojo, diente por diente); de esa forma libera al hombre del automatismo de la violencia y permite que su vida trascienda el nivel de la ley, donde nada se crea ni destruye, sino que sólo se transforma. Sólo el perdón nos sitúa en un nivel de gratuidad creadora. El perdón es gracia; de esa forma supera el pasado y abre un comienzo de vida allí donde la vida se cerraba en sus contradicciones y luchas de poder.
(2) Perdón gratuito, no expiación ni castigo), ni política de imposición de los derrotados, de las víctimas. Jesús ha introducido su libertad de amor en el mundo sacral de escribas y sacerdotes. Pues bien, invirtiendo el camino de Jesús, parte de la iglesia posterior ha interpretado a veces el perdón en forma sacral, como expresión de los méritos de la muerte expiatoria del mismo Jesús, en una línea cercana a los sacrificios del templo.
Expiar es pagar por una culpa, sometiéndose al juicio de Dios. Sin duda, el Nuevo Testamento asume a veces un lenguaje expiatorio, como se esperaba en un contexto marcado por el templo, pero lo hace de un modo marginal. Para el conjunto del Nuevo Testamento la muerte de Jesús no ha sido un sacrificio expiatorio (¡ciertamente, mejor que los anteriores!), sino el despliegue de la gracia salvadora de un Dios que no necesita que le expíen o aplaquen, porque él mismo es perdón, él mismo expía (si vale ese lenguaje) a favor de los hombres (cf. Rom 3, 24-25). El evangelio invierte así la experiencia y tema de las religiones sacrificiales y entre ellas la de cierto judaísmo: Dios no exige expiación o sometimiento, para afianzar de esa manera su poder, sino que ofrece gratuitamente su perdón, porque él es gracia y así se manifiesta en Cristo.
Según eso, el perdón nace del amor mesiánico y pascual, no de un ritual de sometimiento y violencia victimista. En ese contexto ha de entenderse la actitud de Jesús, que ha perdonado a pecadores, sentándose a la mesa con ellos, invitándoles a compartir su camino (cf. Mc 2, 15-17 par; Mt 11, 29 par; Lc 15, 1). De esa forma ha ofrecido el reino de Dios a los excluidos: no sólo a los simples de mente (am ha aretz), incapaces de cumplir la ley por falta de conocimiento, y a los pobres (plano económico) o ritualmente manchados (por lepra y flujos de semen o sangre), sin acceso al culto, sino también a los pecadores estrictamente dichos, según la perspectiva israelita, es decir, a separados de la alianza de Dios por su conducta (publicanos, prostitutas): Precisamente a ellos ha ofrecido solidaridad y perdón supra-legal.
Lucas 6, 37-42 par. Amad a los enemigos, perdonar.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “A los que me escucháis os digo:
–Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian.
-Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.”
La palabra que nos ocupa (perdonad y seréis perdonados, amad a vuestros enemigos) constituye una expansión y aplicación de la palabra primera: No juzguéis y no seréis condenados. Mateo no siente la necesidad de introducirla, pues al decir no juzguéis (en negativo) se está diciendo ya en positivo perdonad. El perdón es la forma concreta de superar el nivel del “juicio” en el que los hombres viven según la ley del talión.
El talión es el buen juicio, un juicio equilibrado, donde la condena responde a la falta. Pues bien, al superar el talión, superando así el nivel del juicio, los seguidores de Jesús se encuentran llamados a ofrecer y conceder el perdón, superando así al “castigo”, entendido como reacción ante la culpa. Esta afirmación (perdonad y seréis perdonados), inserta en la palabra clave de “no juzguéis” ha de entenderse desde los siguientes presupuestos:
Amar-perdonar no es una forma de dominación política, sino un regalo gratuita de vida, desde los más pobres, desde las víctimas (Lc 6, 37 ss).
Hay un amor interesado, una “ayuda” con “altísimos intereses”, para arruinar a los ayudados…… para seguir dominando a los “pobres”
Hay un perdón que esclaviza a los perdonados…
Gran parte del judaísmo sacral del tiempo de Jesús se había establecido como una “máquina de perdón”, para mantener de esa forma el dominio sobre los “perdonados”… centrada en el templo de Jerusalén y controlada por los sacerdotes. Ésta ha sido la nota distintiva del judaísmo del “segundo templo” (del 525 a. C. al 70 d. C.), que estaba culminando precisamente entonces: los judíos aparecían así básicamente como “pecadores” que pueden y deben ser perdonados y que tienen, para ello, un medio concedido por el mismo Dios: los sacrificios del templo.
Hay una iglesia que ha mantenido el monopolio del perdón… para mantener el poder sobre las conciencias de los hombres… Ha podido hacer mucho bien, en línea de moralidad…, pero ha corrido el riesgo de tener a hombres y mujeres esclavizados bajo máquinas de inquisición…
Pues bien, Jesús descubre que ese modo de perdonar (a través de los sacrificios del templo, para seguir dominando a los perdonados) resulta no sólo insuficiente (como lo había sabido ya Juan Bautista), sino que es en el fondo contrario a la “verdad” de Dios,
-El perdón tiene que ser gratuito, sin imponer cargas a los perdonados… sin establecer métodos de vigilancia y dominio de conciencia….
– El perdón tiene que nacer desde los ofendidos…que perdona a través del perdón de los hombres (empezando por los pobres) y no a través de unas instituciones de dominio religioso, controladas por personas que en el fondo están aliadas con los que destruyen a los pobres (la economía del templo es inseparable de la economía de los que destruyen a los pobres en Galilea). Desde ese fondo podemos distinguir algunos tipos de perdón:
Puede haber un perdón arbitrario y caprichoso, propio de unos dictadores o autócratas, que muestran su “magnanimidad” indultando a quienes quieren, de un modo irracional (sin necesidad de justificaciones), y castigando también a quienes quieren (sin dar razones de ellos), para exaltación del propio poder. Así castigan a unos (para mostrar su soberanía y aterrorizar a los posibles rebeldes o contrarios) y perdonan a otros (para manifestarse magnánimos y aparecer como benefactores). De esa forma ofrecen un perdón arbitrario, que se encuentra muy alejado de la justicia racional (y del perdón cristiano, del que aquí hablamos).
En contra de ese “perdón” interesado de los autócratas, que es sólo una forma de imposición de la barbarie, en la línea de la fortuna (de la suerte que le toque a cada uno) y del capricho de los pre-potentes, ofrece y promueve Jesús el perdón de la gracia creadora, que no va en contra de la justicia, sino que la desborda y fundamenta. Éste es el perdón que sólo pueden ofrecer las víctimas, los ofendidos y humillados, sin que puedan hacerlo en su nombre (en contra de ellos) unos dictadores o sacerdotes pretendidamente superiores
Puede haber un perdón políticamente racional y provechoso… pero para bien de los plutarcas que perdonan, no para bien de los pobres Casi todos los estados que conozco han decretado amnistías, desde los asirios del siglo VIII a. C. hasta los romanos del tiempo de Jesús, que tenían como lema el “perdonar a los sometidos”. Son amnistías políticamente calculadas, para gloria de los soberanos o estados que las proclaman, al servicio de un tipo de pacificación que de otra forma sería difícil de lograr.
No todos suelen estar de acuerdo con ellas, ni en plano legal, ni en plano personal, pero se han ofrecido y pueden ofrecerse, sobre todo allí donde el poder resulta suficientemente sólido como para permitir ciertas “excepciones” en el cumplimiento de la ley, sobre todo, en circunstancias de fuerte cambio social o político, que se interpretan como principio de un nuevo régimen social.
Éste es un perdón políticamente racional y quizá provechoso, pero que, a no ser que sea asumido por las víctimas reales, corre el riesgo de situar la oportunidad política (con su racionalidad partidista) por encima de la justicia legal. Puede discutirse la conveniencia y legalidad de una amnistía de ese tipo, pero ella se sitúa en el plano de la justicia política, con sus cálculos de estabilidad, no en el nivel del perdón de Jesús, que parte siempre de los pobres y ofendidos, es decir, de las víctimas [1].
Puede haber un perdón sacral, como el que existía en tiempos de Jesús, en el judaísmo, pero tendía a estar controlado por los sacerdotes del templo, al servicio del sistema, para mantener el orden establecido. Este era un perdón al servicio del poder político-social de los prepotentes religiosos. En contra de eso, Jesús ha perdonado de un modo gratuito, sobre la ley y el sistema, pidiendo a los mismos ofendidos que perdonen (¡ellos son los únicos que pueden hacerlo desde Dios!) para crear de esa manera un camino de Reino. El perdón sagrado del templo se expresa y expande a través de sacrificios rituales, celebrados por los sacerdotes, regulados según ley por los escribas. De esa manera, con su sistema social y religioso, ellos monopolizaba la expiación por los pecados, como «máquina de perdón», que les hacía funcionarios sacrales y les situaba sobre el resto del pueblo.
Templo y culto daban a los sacerdotes el poder de perdón, la autoridad expiatoria, situándoles por encima del pueblo. Jesús, en cambio, ofrece su perdón de un modo mesiánico, superando el sistema del templo, acogiendo de manera gratuita a los expulsados y excluidos de la comunidad sagrada de Israel y convirtiéndoles en verdaderos portadores del perdón, los auténticos sacerdotes. Actuando de esa manera, él ha sido el más judío de todos los judíos: el heredero de las tradiciones israelitas más profundas del Dios de la misericordia. Pero, al mismo tiempo, al desvincular su perdón del orden sagrado del templo, ha corrido el riesgo de romper la identidad nacional del judaísmo.
Jesús ofrece (y promueve) un perdón mesiánico, gratuito, desde los más pobres, para bien de todos. Quizá en su origen su gesto tiene algo que ver con las “amnistías” sociales que el judaísmo quería que se proclamaran cada siete y cada cuarenta y nueve años (año sabático, con la liberación de los encarcelados y el perdón de las deudas, y año jubilar, con el reparto de tierras y bienes debían repartirse de nuevo entre todos los buenos judíos); pero ese perdón se hallaba estructurado también de un modo “legal”, al servicio de los buenos “propietarios”. Por otra parte, los profetas de Israel han hablado del perdón como atributo supremo de Dios, vinculándolo a los pobres, pero no habían llevado esa experiencia hasta el final. El perdón de Jesús será más y menos que eso.
Por un lado, el perdón de Jesús que el año sabático o jubilar, porque no se puede cumplir ni exigir por ley (aunque parece que no todos los judíos cumplían de manera regular, según ley, las exigencias del año sabático y jubilar). Por otro lado, es más que el perdón sabático o jubilar, porque busca un tipo de redención (comunión) y reconciliación, personal y social para todos (no sólo para “buenos” propietarios que han perdido sus tierra anteriores), empezando por los más pobres (por los excluidos del sistema). Son precisamente ellos, los excluidos y prescindibles, los ofendidos y humillados los que pueden ofrecer y ofrecen perdón, ocupando así el lugar que en otros esquemas han usurpado los gobernantes o sacerdotes sagrados.
Jesús ha radicalizado y universalizado la experiencia bíblica del perdón, no sólo ofreciéndolo en nombre de Dios, sino pidiendo a los hombres que se perdonen entre sí, a partir de los ofendidos (que son los que pueden perdonar de verdad). Frente a la ley del sistema, donde sigue rigiendo el talión (¡a cada uno según su merecido!), Jesús sitúa a los hombres (¡precisamente a los oprimidos y expulsados!) ante el don y tarea del perdón, de manera que ellos pueden superar la Ley y desactivar la bomba de violencia que amenaza con destruir el conjunto de la sociedad.
El perdón de Jesús ¿Quiénes pueden perdonar?
El perdón rompe la lógica de la venganza (del talión que siempre se repite: ojo por ojo, diente por diente) y de esa forma libera a los hombres del automatismo (de la repetición incesante) de la violencia y permite que su vida trascienda el nivel de la ley, donde nada se crea ni destruye, sino que todo se transforma, permaneciendo idéntico en el fondo. Sólo el perdón nos permite amar de manera creadora. La ley mantiene lo que existe; el perdón, en cambio, lo trasforma, permitiéndonos superar la esclavitud (fatalidad) del pasado, abriendo un comienzo de vida allí donde la vida se cerraba en sus contradicciones y luchas de poder.
El Dios de Jesús no exige expiación o sometimiento, para afianzar su poder, sino que regala gratuitamente su perdón, porque es gracia creadora y así lo manifiesta su mensaje de Reino. Según eso, el perdón nace del amor mesiánico, no de un ritual de sometimiento y violencia victimista. En ese contexto ha de entenderse la actitud de Jesús, que ha perdonado a “pecadores”, sentándose a la mesa con ellos, invitándoles a compartir su camino, es decir, a compartir el perdón (cf. Mc 2, 15-17 par; Mt 11, 29 par; Lc 15, 1). De esa forma ha compartido el Reino con los marginados legales (am ha aretz), incapaces de cumplir la ley por falta de “conocimiento”, con los pobres y mendigos (plano económico), con los ritualmente manchados (por lepra y flujos de semen o sangre) y con los que se consideraba pecadores estrictamente dichos, pues parecían separados de la alianza de Dios por su conducta (publicanos, prostitutas) [2].
Pero Jesús no sólo ofrece perdón, sino que pide a los hombres que perdonen, de una forma que sigue resultando paradójica e incluso escandalosa, pues aquellos que parecen pecadores (pequeños, hambrientos, rechazados, víctimas) son precisamente los que tienen que perdonar a los “grandes” y limpios de la sociedad. Los sacerdotes oficiales perdonaban a los convertidos, que volvían a cumplir la Ley, como mandaban los ritos y las buenas tradiciones. El proceso era claro: los manchados debían limpiar su impureza, los pecadores dejar el pecado y volver a la alianza. La misma ley que condenaba al pecador le ofrecía, al mismo tiempo, un camino de perdón, si se convertía y volvía al pacto. Pero Jesús inicia un camino distinto:
No exige a los “pecadores” que se conviertan primero, sino que empieza ofreciéndoles perdón y solidaridad del Reino. En esa línea ha entrado en conflicto con la Ley sagrada del templo ha recibido en su mesa y comunión a leprosos y hemorroisas, publicanos y prostitutas (pecadores), lo mismo que a los pobres de la tierra (poco cumplidores). De esa forma devalúa la ley de purezas y pecados y el conjunto del ritual del templo, pues lo considera innecesario y, en el fondo, opresor para los pobres. No mantiene discusiones sobre leyes o ritos en concreto: no quiere reemplazar una sacralidad por otra, sino que ha suscitado, desde el centro de Israel, una comunión escatológica y mesiánica donde los mismos ofendidos son los que perdonan, renunciando a la venganza e iniciando un camino de solidaridad donde caben todos.
Jesús pide a los excluidos y pobres que perdonen, en gesto que puede parecer de sometimiento (¡deben humillarse y perdonar a quienes les oprimen!) pero que, en el fondo, expresa la mayor de las “autoridades”. Ellos, los oprimidos, son “sacerdotes” y portadores de perdón, es decir, de un nuevo orden social que no se funda en el dominio de unos sobre otros, ni en la revancha de los sometidos, sino en la gracia universal y creadora, desde abajo, desde los marginados y ofendidos. Son precisamente ellos los que toman la iniciativa y, sin luchar externamente contra los sacerdotes y jerarcas, asumen su lugar como autoridad que persona (sin poder político ni religioso ninguno).
Padrenuestro: como nosotros perdonamos
Los textos de Jesús sobre el perdón nos sitúan en el centro del Sermón de la Montaña y no pueden separarse de la palabra anterior, sobre el no-juzgar, ni tampoco de la palabra que después veremos sobre el amor a los enemigos. Sólo se puede perdonar allí donde, superando la ley del talión (es decir, la dinámica del juicio), los hombres y mujeres son capaces de amar de un modo activo, ofreciendo así futuro de vida a los posibles “enemigos”. Desde ese contexto se entienden algunas palabras clave sobre el amor, vinculada a la oración de Jesús:
– El Padrenuestro (perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores: Mt 6, 12) nos sitúa en el centro de mensaje del Reino, traducido en forma de oración. Orar implica perdonar no sólo las “ofensas”, sino también las deudas. En este contexto de Galilea, Jesús no pide a los ricos que perdonen a los pobres, sino que se dirige a los pobres y dice que son ellos los que tienen que perdonar a los ricos (el perdón de los ricos sería simplemente justicia). Además, no pide sólo el perdón de los “pecados”, sino el de las “deudas”.
El próximo domingo (Dom 7 TO) celebra la Iglesia el día del amor al enemigo y del perdón, conforme al “sermón de la llanura” de Lc 6, como ayer puse de relieve en RD y en FB.
El mismo domingo 23 pronunciaré en Congreso de la CONFER de Madrid (Justicia y misión, Los nombres de la esperanza) la ponencia final, dedicada al perdón y a la paz como principio de misión cristiana.
Presentaré mañana un esquema y compendio de mi intervención. Aquí ofrezco una sencilla introducción al tema. Buen día.
20.02.2025
A diferencia de otros fundadores y profetas, tras haber descubierto que Dios ama y le llama (cf. Mc 1, 10-11), Jesús no mostró conciencia de pecado (no se arrepintió, no pidió perdón), sino que comenzó a manifestarse en Galilea, de un modo consecuente, como testigo del amor de Dios sobre la violencia y el odio de los hombres.
Juan Bautista empezaba por la penitencia y anunciaba el juicio (prometiendo el perdón a los arrepentidos), siguiendo así en la línea de los sacerdotes, aunque con otros medios (bautismo en el Jordán en vez de sacrificios de templo). Jesús, en cambio, proclama y ofrece el perdón como punto de partida, gracia previa, antes de toda conversión (que vendrá después, cf. Mc 1, 14-15), porque Dios es el primero y él perdona (es decir, crea) por amor, no para dominar mejor a los sometidos (como el Imperio Romano).
Al ofrecer el perdón, Jesús se independiza no sólo de los sacerdotes, sino de Juan Bautista (a quien seguirá considerando el mayor de los nacidos de mujer, aunque aún fuera del Reino: cf. Mt 11, 11). Por eso rompe no sólo con la institución sagrada (templo) y la política imperial (Roma), sino con el mismo proyecto de conversión y bautismo de Juan, para implantar ya el Reino de Dios desde los pobres y marginados de Galilea. Desde ese fondo se entiende su estrategia, es decir, su alternativa: Sabe que Dios no “juzga”, sino que ama, haciendo que los hombres puedan amar a sus enemigos, abriendo desde los ofendidos que perdonan y aman un camino de vida liberada; por eso no instaura una religión de pecado y perdón (como el templo de Jerusalén), sino de liberación (curación) y perdón universal, como muestra esta pequeña “tabla de perdones”:
1.Estrategias del perdón
1 Perdón, comer juntos. Jesús come con “pecadores” (cf. Mc 2, 13-17; cf. Lc 15, 1-2), anticipando así el perdón (banquete) del Reino que Juan prometía sólo a los convertidos tras el Juicio (no a los que seguían siendo pecadores). En contra de un judaísmo previo, y de gran parte de la Iglesia posterior Esas comidas son un dato esencial de su historia, y nos sitúan en la línea de todo su mensaje. Por ellas ofrece Jesús un perdón que “sacramental” y escandaloso, que se expresa en la comida (banquete de Reino) con los pecadores oficiales, sin exigirles primero conversión, sino ofreciéndoles la conversión a través del perdón y la misma comida [1].
2. Perdonar es sanar, Jesús; Perdona, cura al paralítico(Mc 2, 1-10). Este “milagro” de hondo simbolismo tiene un fondo histórico y recoge el recuerdo de un paralítico famoso, a quien descolgaron por el techo de una casa para así ponerle ante el Maestro galileo. Las palabras que Jesús le dice (¡Hijo, tus perdonados te son tus pecados!), para después curarle, tras haber relacionado perdón y sanación (Mc 2, 5-10), han sido creadas probablemente por la iglesia posterior, pero ellas evocan, sin duda, un recuerdo histórico. Las curaciones de Jesús son el signo de un perdón que transforma la vida de los hombres (capacitándoles para “caminar”).
3 Perdonar es acoger, el hijo pródigo(Lc 15, 11-32). A juicio de algunos, el perdón del padre parabólico, con el que Jesús defiende su conducta (él perdona a los pecadores) se opone a la justicia de Dios, que exige penitencia y transformación de los pecadores, según los principios de la justicia conmutativa. Pero, como he dicho en cap. 11, Jesús ha superado esa dinámica, porque Dios ama de un modo antecedente (antes que el pecador se arrepienta), perdonando y curando (es decir, pidiendo que amemos) a enemigos y pecadores [2].
Estos y otros rasgos semejantes definen la estrategia (y exigencia) de un perdón, que desborda la justicia conmutativa (talión) y supera el orden religioso de una sociedad centrada en un templo expiatorio, con sus sacrificios por el pecado. De esa forma, perdonando de un modo gratuito y retornando al principio de la creación (Gen 1), antes de que hubiera templo, Jesús instaura un camino universal de Reino, de tal manera que los perdonados (amados, liberados, acogidos), sin estar obligados por ley, pueden iniciar una forma de vida marcada por el amor mutuo y por la comunión, como muestra por contraste la parábola del “siervo perdonado” que se niega a perdonar (cf. Mt 18, 21-35).
Situándose de esa forma en una línea que asumirán después dos “seguidores” suyo, Esteban y Pablo (cf. Hch 7, 35-53 y Gal 3), con otros movimientos judíos de su tiempo, Jesús fundamenta su mensaje y proyecto en el principio de la historia israelita (creación, patriarcas, éxodo…), antes de que hubiera institución sacrificial estable, antes de la separación oficial del pueblo judía, abriendo un mensaje y camino de paz universal. De esa forma eleva su apuesta consecuente a favor del perdón ofrecido y compartido entre todos: Ha descubierto que aquellos que entienden la vida como juicio (talión) la acaban destruyendo, y se destruyen a sí mismos, pues la justicia no puede imponerse por violencia, ni el Reino de Dios por Ley y sacrificios, sino por perdón y amor mutuo, empezando desde los pobres y expulsados de la sociedad.
2.Perdónanos, como nosotros perdonamos
Esa estrategia del perdón se expresa en el documento fundacional de Jesús, que es su oración (Padrenuestro: Lc 11, 2-4; Mt 6, 9-13), donde se vincula la invocación de Dios Padre y el perdón.
Mt 6, 12: Y perdónanos (kai aphes hêmin) nuestras deudas (opheilêmata) ‒ como nosotros (ôs kai autoi) hemos perdonado (aphêkamen). a nuestros deudores (tois opheiletais hêmôn)
Lc 11, 4: Y perdónanos (kai aphes hêmin) nuestros pecados (hamartías) ‒ pues también nosotros (kai gar autoi) perdonamos (aphiomen) a todo deudor nuestro (panti opheiloti hêmin)
Perdón de Dios, perdón humano. Éste es el tema de fondo no sólo de esta oración de Jesús, sino de todo su evangelio, como muestran las variantes del texto: «Perdónanos como nosotros hemos perdonado» (Mt); «Perdónanos, pues también nosotros perdonamos…» (Lc). Lucas destaca la simultaneidad entre el perdón de Dios y el humano, de manera que el uno ha de verse a la luz del otro. Mateo supone que hay una anterioridad del perdón humano, poniéndonos ante una comunidad que ha perdonado ya, pero que espera todavía (para el futuro) el pleno “perdón” de Dios (el Reino). A la luz del mensaje de Jesús, ambas fórmulas suponen que el perdón de Dios es lo primero, pero lo relacionan íntimamente con el perdón interhumano, que así aparece como consecuencia y signo del perdón de Dios y elemento básico de la dinámica del Reino. Conforme a esa dinámica (a todo el mensaje de Jesús), lo primero es Dios, de forma que el perdón humano es su signo y consecuencia. No es que los hombres empiecen perdonando, para pedir luego a Dios que les perdone, sino que Dios lo hace primero, de un modo gratuito, de tal forma que les mueve también a perdonarse unos a otros, empezando por los pobres y expulsados, en la misma vida, no en un templo especial.
En ese contexto se entiende esta oración que Jesús ha enseñado a unos pobres de Galilea, que acaban de pedir a Dios que les conceda el pan “nuestro” (compartido), diciéndoles ahora que se perdonen las deudas (todo lo que se deban entre sí), como signo y presencia del perdón de Dios, en la misma vida social, no en el templo: Perdónanos como nosotros “hemos perdonado ya” (Mt); “pues también nosotros perdonamos” (Lc). De esa forma se expresa la audacia increíble de esta oración de Jesús y de sus seguidores, que no se presentan ante Dios como “pobrecitos” (incapaces de asumir el Reino), sino como portadores de la más alta dignidad, es decir, capaces de perdonar como Dios perdona, de manera que ellos, pobres y excluidos con verdaderos sacerdotes de Dios [3]. Jesús está convencido de que el Reino de Dios se expresa y llega a través del amor y el perdón interhumano, iniciando así, desde Galilea, un movimiento fuerte de transformación social.
Deudas más que pecados.El perdón de Juan Bautista funcionaba en un plano sacral: Vendrá tras la confesión de los pecados (hamartíais; cf. Mc 1, 6; Mt 1, 6) y se logrará en el juicio futuro de Dios, simbolizado por el bautismo. Por el contrario, Jesús ofrece el perdón de Dios y pide el perdón interhumano antes del juicio, y no lo relaciona con la confesión de las propias culpas (y con el bautismo), sino con el perdón de las deudas que ofrecen y comparten aquellos que le escuchan y le siguen (¡como nosotros hemos perdonados; pues también nosotros perdonamos).
Dicho eso, debemos añadir que los discípulos de Jesús no piden a Dios que perdone sus pecados (hamartíais, en clave religiosa), sino sus deudas (opheilêmata), como ha destacado expresamente Mt 6, 12: «¡Perdona nuestras deudas como hemos perdonado a nuestros deudores!». Jesús no se sitúa en el espacio religioso del pecado (terreno propio de sacerdotes), sino en el plano más social de las deudas, que incluyen no sólo los pecados, sino los “bienes” que unos hombres deben a los otros (y en otro plano a Dios).
El evangelio de Lucas ha sentido la dificultad de mantener en ambos casos ese lenguaje judío, propio de la tradición profética de Jesús, y cambia la primera expresión, para situarse en un nivel más sacro-sacerdotal (cercano a Pablo: cf. Rom 5-8), diciendo “perdona nuestros pecados” (hamartías, en vez de opheilêmata, deudas). Pero no ha tenido libertad para cambiar la terminología en el segundo caso, y así sigue diciendo “pues también nosotros perdonamos a quien nos debe algo” (panti opheilonti hêmin). Lucas supone así que la relación con Dios puede expresarse en forma de pecado, mientras que la relación con otros hombres se expresa como “deuda”, confirmando así la prioridad del lenguaje social (económico) sobre el religioso [4].
3 Pueblo sacerdotal, pueblo que perdona. .
Juan Bautista se había opuesto a los sacerdotes del templo, que querían mantener su monopolio sobre el pecado, pero el perdón que él prometía se hallaba vinculado al bautismo (para perdón de los pecados), y Dios lo concedería sólo al final de este tiempo (en el juicio) y sólo a quienes se hubieran arrepentido… Pues bien, en contra de eso, el perdón que Jesús pide a Dios es en el punto de partida (es lo primero, es el don de Reino) y se vincula al perdón mutuo entre los hombres (¡como nosotros perdonamos!), no a un rito bautismal relacionado con la conversión y el juicio [5].
Al principio de la oración, los seguidores de Jesús han pedido a Dios que llegue el Reino (y el pan), pero inmediatamente se atreven a decirle que les perdone todas las deudas, como ellos se perdonan entre sí. Allí donde los hombres comparten el pan (y para compartirlo) deben perdonarse, superando en clave de gratuidad (¡más allá del talión!) un tipo de vida centrada en la obligación del pago de las deudas (¡ojo por ojo, diente por diente!). Siendo don de Dios (perdón), el Reino exige que los hombres se perdonen, y que los primeros en perdonar sean los más pobres. Estos orantes de Jesús no piden a otros que (les) perdonen, ni quieren imponerles algún tipo de filosofía religiosa superior, sino que empiezan perdonando, y así lo dicen (lo prometen) ante el Dios del Reino. Éste es un perdón que emerge desde los pobres, pues ellos oran con (como) Jesús, pidiendo a Dios que les perdone y perdonando a sus deudores [6].
Así queda trazada la estrategia de la comunidad que surge en torno a Jesús. Ella ha de fundarse en el perdón, en plano social y religioso, personal y económico, pues la palabra «deudas» incluye esos aspectos. En esa línea, los que perdonan las deudas a los otros vienen a presentarse como signo de Dios, portadores de su Reino, formando el grupo de Jesús y siendo transmisores de la Vida de Dios. ¿Qué perdonan? Externamente poco, pues no tienen capacidad legal de exigir a los ricos la devolución de aquello que les han tomado (robado). Pero, en sentido más profundo, lo perdonan todo, iniciando así un tipo de vida centrado en la gratuidad y el pan compartido [7].
4. Reino de Dios, camino de perdón.
Jesús ha fundado con un grupo de pobres galileos, un movimiento de perdón gratuito. ¡No llevan a juicio a los ricos (que les han “robado”), sino que proclaman ante ellos (y en el fondo, a favor de ellos) un camino más alto de vida, es decir, de perdón! Los mensajeros de Jesús no actúan de un modo pasivo (no exigen, se dejan morir), sino muy activo, comprometido, expresando así un aspecto esencial del Reino como perdón. Llevado hasta el fin, este perdón iguala a judíos y gentiles, religiosos y no religiosos, pues a todos se ofrece y se pide lo mismo, empezando por los pobres: ¡Que se perdonen las deudas, iniciando una dinámica universal de comunión, abierta al conjunto de la vida!
Ésta es la religión de Jesús, éste su culto, sin más mandamiento ni rito que el amor mutuo expresado en el pan compartido y el perdón, desde los pobres, que perdonan a quienes les han utilizado (convirtiéndoles en pobres). En este contexto no se puede hablar todavía de sistemas e iglesias, con ceremonias o poderes especiales: El Dios de Jesús es Padre que ama y crea por el perdón interhumano (cf. Mc 11, 22-26). Así lo muestra la continuación de Mateo, que vincula perdón de Dios y perdón de los orantes (que son aquí los pobres ofendidos): «Si no perdonáis las ofensas de los hombres tampoco vuestro Padre celestial os perdonará…» (Mt 6, 14-15) [8].
Marcos, que no ha recogido el Padrenuestro, ha situado ese motivo tras la purificación del templo (¡lugar del perdón oficial!), mostrando que Dios no se revela o perdona por ritos, sino por el perdón: «Todo lo que pidiereis orando, creed que ya lo habéis recibido y así será dado. Y cuando oréis, perdonad si tenéis algo contra alguien, para que también vuestro Padre celestial os perdone » (Mc 11, 24-25). El templo es inútil, pues Dios se revela y perdona donde los hombres se perdonan [9].
Jesús no necesita templos, su perdón no se logra con rituales, sino por el perdón interhumano, de manera que los pobres, que renuncian a vengarse y que perdonan a sus deudores (superando una justicia puramente legal), son sacerdotes de Dios, humanidad reconciliada. Ese perdón es gratuito, pero no indiferente; es superior, pero se encarna (ha de encarnarse) en el amor interhumano, creando un orden social que no nace del talión (doy para que me des), sino del perdón de los ofendidos [10].
5. Perdonad, y seréis perdonados
En el contexto anterior han de entenderse tres sentencias, quizá posteriores, que Lucas introduce tras la palabra clave: «no juzguéis y no seréis juzgados»: No condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados, dad y se os dará (Lc 6, 37-38).
En el principio, el perdón. Apoyándose en el Dios que perdona y crea, Jesús pide a los hombres que respondan de igual forma: Que no condenen, que perdonen y den gratuitamente lo que tienen:
− No condenéis y no seréis condenados. Esta aplicación parece innecesaria, pues si no se puede juzgar menos se puede condenar. Pero es posible que al formularla se quiera responder a la objeción de aquellos que protestan diciendo: ¡No podemos condenar, pero podemos y debemos juzgar! A esos parece decir nuestro pasaje: ¡Atreveos, si queréis, a juzgar pero sabiendo que nunca podréis condenar! Si el texto dice así es porque supone que Dios no condena, pues es creador, no destructor de vida (como dice Pablo, según la tradición israelita en Rom 4, 17).
− Perdonad y seréis perdonados. Esta palabra, igual que la anterior, nos sitúa en el centro del mensaje de Jesús. Quien no juzga debe perdonar, con amor que se adelanta a las ofensas e injurias, introduciendo una experiencia del amor creador en el centro de la vida de los hombres, por encima de la espiral del odio y la pura justicia retributiva. No se trata de negar el mal que existe, ni de dejarlo impune (como si todo diera igual), sino de superarlo por medio del perdón, tanto en un plano de deudas como de ofensas y pecados.
– Dad y se os dará, una medida buena, remecida… No es perdonar de un modo indiferente, como si no hubiera remedio y si las cosas estuvieran condenadas a ser siempre lo que son (sin cambio alguno), en una rueda eterna de fortuna (eterno retorno), sino de responder en un plano más alto, introduciendo amor donde imperaba el odio y gratuidad allí donde la vida se entendía como imposición o venganza. Esta respuesta supone que el bien supera al mal, y el perdón a la venganza, y que Dios se manifiesta de manera creadora y gratuita en la historia de los hombres.
Presento mañana, 23.2.25 la ponencia final de estas jornadas de justicia y misión
El tema de fondo está tomado del libro El camino de la paz, Khaf, Madrid. Para los que quieran saber de qué se trata y no puedan estar o conectarse electrónicamente presento aquí el esquema y desarrollo de la ponencia. Buen fin de semana a todos
Lc 2, 14: Canto de Navidad. Gloria in excelsis Deo et pax in terra hominibus
Bienaventurados los pobres de espíritu(Mt 5, 3).
Bienaventurados los que sufren(Mt 5,4), los que saben renunciar
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra (Mt 5, 5).
Bienaventurados los hambrientos y sedientos de justicia (Mt 5, 6).
Bienaventurados los misericordiosos (Mt 5, 7).
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8).
Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9).
Bienaventurados los perseguidos por la justicia (Mt 5, 10,11).
UN FUERTE CAMINO, OCHO ESTACIONES
1ª estación. Paz y justicia económica. Una marcha universal de pobres
2ª estación. Paz religiosa, una Palabra transparente. La verdad
3ª estación. Comunicación universal, alianza de religiones
4ª estación. Paz y ecología. Hermano sol, hermana luna
5ª estación. Religiones, experiencia curativa: Los pobres curan a los ricos
6ª estación. Educar en libertad, no para el triunfo
7ª estación. Iglesia en justicia, una marcha de pacificadores
8ª estación. Educar para la paz, para el nuevo corazón, para la ternura
PONENCIA
Navidad. Lc 2, 14. La gloria de Dios es la Paz entre los hombres
Este es el canto (villancico) principal de Navidad, la teología y experiencia más honda de la Biblia. No hay primero Gloria de Dios y después, además, Paz entre los hombres, como si fueran cosas distintas (separables), sino que según el canto de los ángeles de Navidad (Lc 2,14), la gloria de Dios (Kabod, Doxa) se identifica con la paz entre los hombres (Shalom, Eirênê),
Debemos empezar traduciendo bien el texto que dice Gloria a Dios en las alturas “y” paz en la tierra a los hombres que ama el Señor (=de la buena voluntad del Señor). La gloria de Dios y la paz entre (en) los hombres no son dos cosas, de manera que una se pueda sumar a la otra, sino que son lo mismo: La gloria de Dios es la paz entre los hombres, pues la partícula “y” tiene aquí un sentido de identificación, como en la frase central de la teología gloria dei / vivens homo, la gloria de Dios es el hombre viviente gloria dei / pax hominibus, es decir, la gloria de Dios en el cielo es la paz (=amor) en la tierra entre los hombres, no porque los hombres sean Dios y construyan por sí mismos la paz, sino porque en ellos se expresa y encarna, por Cristo la buena voluntad, la eudokía de Dios.
Éste es el himno supremo de la Navidad, el himno/canto emocionado de los ángeles que identifica la gloria de Dios con la paz entre los hombres. Una palabra como esa está latente en todo el AT, pero sólo se revela y despliega, se canta y acoge plenamente en la encarnación cristiana.
Dios no es obligación, imposición, ni miedo; no es amenaza ni castigo… sino gloria divina y principio de paz para cada familia, para todos los hombres y pueblos, que son familia de Dios sobre la tierra. La gloria/culto de Dios consiste en que los hombres se amen, es decir, reciban y desplieguen en su vida la paz de la vida de Dios.
No dijeron más los ángeles en la noche de Belén, ni más se necesitaba; pero tampoco dijeron menos. Sólo acogiendo, viviendo y comunicando la paz del Cristo de Belén podemos celebrar la vida, el verdadero nacimiento de hijos de Dios. Todo lo demás es consecuencias… Por eso, la palabra clave es Shalam aleikum, Eirêê hymin, Paz a vosotros, Pakea zuekin.
Texto
Mi exposición se divide en dos partes complementarias, cada una en ocho secciones menores. (a) La primera presenta los ocho vagones del tren de la paz, en orden progresivo, del primero al último, según el modelo de las bienaventuranzas de Mt 5, 3-11, (b) La segunda expone las ocho estaciones del tren de la paz, que empieza en la opción por pobreza (y en la ayuda a los pobres) para desembocar en una visión del cristianismo como camino sinodal de la paz, en la línea del Papa Francisco [1].
1. UN TREN DE OCHO VAGONES, OCHO BIENAVENTURANZAS
Las bienaventuranzas son proclamación y presencia de amor que pacifica:ellas expresan la certeza de que irrumpe el fin, de que ha llegado el Reino, como palabra de gracia. No exigen el cambio de los hombres, para así alcanzar a Dios, sino que empiezan hablando de Dios, para hacer así posible el cambio de los hombres
Las bienaventuranzas son palabra per-formativa, re-formativa, creadora: realizan lo que dicen. Ellas expresan el sentido de la obra de Jesús: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios… y a los pobres se les anuncia la buena noticia (Mc 11, 5-6).
Las bienaventuranzas marcan un principio de pacificación divina y humana. Todo es don de Dios, regalo de su vida y amor sobre la historia fuerte de lo hombres en de la tierra. Pero ese don se vuelve exigencia: quien recibe la gracia de Dios ha de convertirse en gracia para los demás.
Las bienaventuranzas son palabra comprometida.El Dios de Jesús no es un Dios neutral , sino un Dios parcial, se pone totalmente al servicio del amor que es fuente y esencia de paz. Como principio de amor, Dios se ha comprometido positivamente en favor de los hombres, ofreciendo vida a todos, abriendo un camino que ellos mismos pueden y deben recorrer: ¡El camino de la paz mesiánica!
5.Lo contrario a las bienaventuranzas no es la malaventuranza (malditos vosotros.., como podría decir mal entendido el texto de juicio Mt 25, 31-46, sino la lamentación, el dolor de Dios. Dios no puede imponer la paz, pues la paz impuesta sería guerra, opresión, infierno. Dios es paz regalada. Por eso, el llora, cando los hombres no la reciben, como lloró Jesús al acercarse a Jerusalén: Dominus Flevit: Ay de ti Jerusalén, cómo me dueles…(Lc 19, 41-42).
Bienaventurados los pobres de espíritu(Mt 5, 3).Mateo ha puesto “pobres de espíritu” donde Lc 6, 20 decía simplemente “pobres”, no para negar el sentido “material” de la pobreza (cf. Mt 18, 1-14), sino para entenderla desde la visión total del evangelio, ampliando su sentido. Pobres de espíritu no son simplemente aquellos que siendo ricos son “sencillos” de corazón, pero se desentienden de los pobres reales de su entorno, sino aquellos que acogen (eligen) y viven la pobreza como medio de trasformación mesiánica. No son pobres por necesidad, sino por opción, poniéndose al servicio del Reino (es decir, de los más necesitados). Éstos son los que “se hacen” pobres porque quieren vivir según el evangelio, para trasformar de esa manera el mundo desde la pobreza. Para conseguir la paz hay que empezar por la pobreza. Éste es el punto de partida: Sin conversión (meta-noia) económica, personal y social no puede haber paz. El primer enemigo de la paz es laa riqueza hecha mamona.
Bienaventurados los que sufren(Mt 5,4), los que saben renunciar,los que saben “perder”, para bien de los demás. No pueden ser “pacificadores” los que no saben sufrir, los que quieren vencer, triunfar y gozar a costa de todo. Así lo evoca el canto de Francisco de Asís cuando dice ¡felices los que sufren en paz con el dolor, porque les llega el tiempo de la consolación! Nadie lo ha dicho mejor que yo sepa, nadie lo ha vivido como él. Sin capacidad de renuncia y sufrimiento (al servicio de la vida de todos) no podrá haber paz en la tierra.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra (Mt 5, 5).La paz no se consigue con más dinero o más ejército, con la toma de poder y el triunfo de algunos sobre otros, sino allí donde los hombres renuncian a la estrategia de la violencia armada y de la imposición económica, para así ofrecer y compartir la vida en humanidad. Jesús ha sido manso de esa forma y así ha podido decir: «Acercaos a mí todos los que estáis rendidos y abrumados, que yo os daré respiro. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde…» (Mt 11, 28-29). Este yugo de Jesús no es sólo de tipo espiritual, sino también económico y social: Es el yugo de los pobres que aceptan el Reino y son capaces de “curar” a los ricos que les acogen.
Bienaventurados los hambrientos y sedientos de justicia (Mt 5, 6).Ciertamente, son bienaventurados los hambrientos sin más, como ponía el texto de Lc 6, 20-22. Pero Mateo sabe que hay “hambrientos” mesiánicos, hambrientos de otro tipo de pan, no sólo para ellos, sino para todos los .En el principio del camino activo de la paz están éstos hambrientos creativos, aquellos que habiendo descubierto la presencia de Dios en los necesitados se empeñan en ponerse a su servicio, buscando así la “justicia de Dios”, que es la redención y salvación de todos, como sabe el Antiguo Testamento, y como ha dicho de un modo ejemplar San Pablo, cuando habla de la “justificación” de los pecadores. No sólo de pan vive el hombre (cf. Mt 4, 4), sino de la palabra de Dios y del despliegue de su justicia liberadora.
Bienaventurados los misericordiosos (Mt 5, 7).El hambre y sed de justicia se expresa en forma de “misericordia”, en la línea del Dios de Israel a quien la Escritura presenta como “clemente y misericordioso, lento a la ira…” (Ex 34, 6-7). En ese contexto, el camino de la paz se identifica con el despliegue de la misericordia, que va más allá de la violencia y la venganza, de la lucha, la opresión y la condena. En esa línea, el evangelio Mateo ha definido a Jesús como el Mesías misericordioso, Hijo de David que tiene piedad de los perdidos sobre el mundo (cf. Mt 9, 27; 20, 30-31; 25, 22. 31-46).Misericordia quiero y no sacrificio, dice Jesús, en nombre de Dios, definiendo así el sentido de su camino mesiánico de pacificación (Mt 9, 13; 12, 7; cf. Os 6, 6). Hay un tipo de “sacrificio” que se impone desde arriba, en forma de justicia impositiva (e incluso de castigo).
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5, 8).Frente a la pureza de una Ley puesta al servicio de los fuertes y “justos” según el mundo (piadosos y cumplidores, pero sin corazón), que la utilizan para dominar a los demás, Jesús ha destacado la limpieza del corazón, abierta en forma solidaria a todos, especialmente a los expulsados del “buen orden social”. Así ha querido superar el orden de purezas legles, centradas en la exclusión de los leprosos o en la observancia del sábado (cf. Mc 1, 4-0-45; 2, 23-3, 6), en los tabúes de sangre y de sexo (cf. Mc 5) o las reglas de separación y comida (cf. Mc 7). En contra de una pureza simplemente legal, el ha buscado la limpieza y transparencia mesiánica, hecha de cercanía de corazón y de apertura a los necesitados, desde los más pobres. Los limpios de corazón que “ven a Dios” son aquellos que saben “ver” el corazón de los demás, amándoles así como personas.
Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5, 9). Algunos grupos judíos podrían haber proclamado la bienaventuranza de los guerreros de Dios que conquistar el reino del mundo (celotas). Pues bien, para Jesús, la bienaventuranza verdadera culmina allí donde los hombres, en la línea de todo lo anterior, son capaces de extender la paz del reino, regalando la vida por los otros en amor. Ésta es la bienaventuranza séptima, que es en un sentido la definitiva, y desde aquí se deben retomar todas las anteriores, recibiendo su sentido. No es posible hablar de paz sin asumir un camino de pobreza, y sin optar de un modo intenso por la justicia del Reino (cf. Is 32, 17).En esa línea se sitúa el camino de Cristo, como ha visto la tradición cristiana (él es nuestra paz: Ef 2, 14-15). Jesús es pacificador porque ama sin imponerse, desde los más pobres; es pacificador porque no responde a la violencia con violencia, porque es manso y limpio de corazón….
Bienaventurados los perseguidos por la justicia,bienaventurados seréis cuando os persigan, insulten y calumnien(Mt 5, 10,11). Quien asume el camino de la paz ha de estar dispuesto que le persigan aquellos que quieren controlar el mundo con sus armas y dinero. Ciertamente, Jesús ofrece bienaventuranza (paz interior) y Reino de Dios (culminación amorosa de la historia), pero no triunfo externo, sino incluso persecución, porque este mundo (el de tiempos de Jesús y el de la actualidad, año 2025), sino estando dominado por principios de violencia establecida. Los violentos luchan entre sí por el control de los bienes de la tierra y de las personas, pero se unen todos en contra de aquellos que asumen un camino de pacificación no violenta, en amor, desde los pobres, como ha hecho Jesús.
Entendidas así, las bienaventuranzas no son sentencia sobre aquello que se cumplirá al fin de los tiempos, sino anuncio de salvación presente. No piden un cambio del hombre, para llegar hasta Dios, sino que se apoyan en el don de Dios, para promover de esa manera el cambio de los hombres. Por eso, en su raíz se encuentra la certeza de que Dios está viniendo: «¡Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen! Porque os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron» (Mt 13, 16-17). Sólo porque llega Dios, como principio de Reino, y porque algunos (Jesús y los suyos) lo instauran puede decirse: ¡Dichosos, vosotros, los pobres…!.
UN FUERTE CAMINO, OCHO ESTACIONES
Recojo ahora, en otra perspectiva, el camino de las ocho bienaventuranzas, que nos llevan de la pobreza a la paz, para desarrollarlas en una perspectiva más extensa, como en un tren de ocho estaciones, que lleva hacia Asís, la ciudad de la paz. El lector podrá relacionar fácilmente estas ocho estaciones con las ocho bienaventuranzas de Jesús.
1ª estación. Paz y justicia económica. Una marcha universal de pobres
Hay una sentencia latina que dice si vis pacem para bellum: Si quieres la paz prepárate para la guerra. Pues bien, en contra de ella, debemos elevar otra que dice si vis pacem para (=accipe, colle) paupertatem: Si quieres la paz escoge y cultiva la pobreza (es decir, la renuncia a la posesión de bienes en contra de los otros). Leer más…
El domingo pasado, en la primera parte del “Discurso en la llanura”, Jesús distinguía dos antagónicos: pobres-odiados y ricos-estimados. Los primeros recibirán en el cielo su recompensa; los segundos lo perderán todo. Pero aquí, en la tierra, ¿cómo deben relacionarse ambos grupos? ¿Deben comenzar los pobres una guerra contra los ricos? ¿Pueden contentarse, al menos, con maldecirlos y desearles toda clase de desgracias? A favor de esta postura se podrían citar numerosos salmos, textos proféticos, y la práctica contemporánea de la comunidad de Qumrán. Pero Lucas quiere inculcar una actitud muy distinta, basándose en la enseñanza de Jesús.
Comportamiento con los enemigos (6,27-36)
Al comienzo del evangelio de Lucas, Zacarías, padre de Juan Bautista, profetiza que el descendiente de David vendrá “para que arrancados de las manos de los enemigos, le sirvamos [a Dios] con santidad y justicia”. Es una falsa esperanza. La venida de Jesús no nos arranca de las manos de los enemigos. ¿Qué hacer con ellos?
Ante los sentimientos y palabras adversos
«A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian.
Jesús comienza dirigiéndose a “vosotros que escucháis”, sus discípulos. No puede ser más duro y exigente: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os injurian”. Ya no se trata de dos grupos separados (pobres – ricos), cada uno viviendo su propia vida. Hay un grupo enemigo que odia, maldice e injuria a las comunidades cristianas. Igual que hoy día se odia, insulta y critica a la Iglesia. ¿Cómo reaccionar ante ello? Es frecuente la autodefensa, negar las acusaciones o relativizarlas. No es eso lo que quiere Jesús. Incluso en el caso de que el odio, la crítica o la maldición sean injustificados, la postura del cristiano debe ser positiva. De las cuatro cosas que indica Lucas, dos al menos son posibles en cualquier circunstancia: hacer el bien y rezar. El “amor” no hay que entenderlo en sentido afectivo (como el amor entre los esposos, o entre padres e hijos), sino en el sentido práctico de “hacer el bien”. En el evangelio de Lucas, el ejemplo concreto sería el de Jesús curando la oreja del soldado que viene a detenerlo.
Ante las acciones
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que te quite lo tuyo, no se lo reclames.
De repente, del “vosotros” se cambia al “tú”. Lo que hay que afrontar ahora no son sentimientos adversos (odio) o palabras hirientes (maldiciones, injurias), sino acciones concretas: “Al que tegolpee en la mejilla… al que tequite el manto… al que te pide… al que te quite”. Estas frases le gustarían mucho a Gandhi. Pero a la mayoría le pueden resultar absurdas y prestarse al chiste: “Al que te robe el móvil, dale también el reloj”; “al empresario que intenta robarte, no se lo reclames”.
¿Hay que tomar estas exhortaciones al pie de la letra? En el NT se escuchan dos bofetadas: una a Jesús y otra a Pablo. Ninguno de los dos pone la otra mejilla. Jesús reacciona: “Si he hablado mal, dime en qué. Y si no, ¿por qué me pegas?” (Jn 18,23). Pablo, que se dirige al sumo sacerdote, es más duro: “Dios te va a golpear a ti, pared encalada. Tú estas sentado para juzgarme según la Ley y me mandas golpear contra la Ley” (Hch 23,3).
En cambio, con respecto al no reclamar en caso de injusticia, hay una reflexión de Pablo muy parecida. Un miembro de la comunidad de Corinto tuvo un pleito con otro y acudió a los tribunales paganos. Pablo les escribe que eso debería resolverlo un experto dentro de la comunidad. Y añade algo en la línea del evangelio que comentamos: “Ya es bastante desgracia que tengáis pleitos entre vosotros. ¿Por qué no os dejáis más bien perjudicar? ¿Por qué no os dejáis despojar?” (1 Cor 6,1-11).
La regla de oro
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten.
El discurso vuelve al “vosotros”: “Como queréis que os traten los hombres tratadlos vosotros a ellos”. La formulación negativa de esta famosa norma aconseja: “No hagas a otro lo que no quieres que te hagan”. Aquí se pide algo más que no hacer daño; se pide tratar bien a cualquier persona. ¿Cómo te gusta que te trate la gente, hable de ti (por delante y por detrás), se comporte contigo? Ponte en la piel de la otra persona y actúa como te gustaría que ella se comportase contigo.
Motivos para actuar así
Lucas es consciente de que Jesús pide algo muy difícil. Por eso añade tres motivos que pueden ayudarnos a actuar de ese modo.
1) El cristiano debe superar a los pecadores.
Pues, si amáis sólo a los que os aman, ¿qué merito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman.
Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen.
Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué merito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
Lo repite tres veces, recogiendo dos verbos iniciales (amar, hacer el bien) y añadiendo uno nuevo (prestar). Si el cristiano se limita a imitar al pecador, no tiene mérito alguno. Se queda sin premio.
2) El premio.
¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos.
Ya al principio del discurso prometió Jesús “una recompensa abundante en el cielo” (6,23). Ahora vuelve a mencionar esa “recompensa abundante” (6,35). Pero no habrá que esperar a la otra vida para recibirla porque, actuando de ese modo, “seréis hijos de Dios, que es generoso con ingratos y malvados”. Algunas personas han pagado grandes sumas por un título nobiliario. La realidad de “hijo de Dios” no se compra, se consigue actuando de forma benévola con los enemigos.
3) Un buen hijo debe imitar a su Padre, que es compasivo (v.36),
Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo
La compasión de Dios la confirmará más adelante la parábola de los dos hermanos, en la que el padre abraza y festeja al hijo sinvergüenza que ha gastado su fortuna con malas mujeres. Jesús pide mucho, pero también Dios se exige mucho a sí mismo.
Jesús y sus enemigos: ataque, reproche, silencio, disculpa y perdón
Los preceptos anteriores resultan a veces muy tajantes, sin matices. Si Jesús mismo no practicó alguno de ellos, ¿cómo debemos interpretar los otros? La respuesta se encuentra en el resto del evangelio. Leyéndolo se advierte que el tema de los enemigos es mucho más complejo de lo que aquí aparece. Jesús encuentra enemigos muy distintos a lo largo de su vida: los escribas y fariseos, enemigos continuos, que critican y condenan todo lo que hace; las autoridades religiosas y políticas de Jerusalén (sacerdotes y ancianos), que lo condenan a muerte y se burlan de él cuando está en la cruz; Judas, que lo traiciona; los soldados, que se burlan de él, lo golpean y crucifican; el mal ladrón, que lo zahiere.
La reacción de Jesús es muy distinta en cada caso. A los escribas y fariseos no los bendice; los ataca de forma durísima, sin desaprovechar ocasión alguna de condenarlos, insultarlos y dejarlos en ridículo. A las autoridades les reprocha en el huerto que vengan a apresarlo como si fuera un ladrón, luego guarda silencio. Con un reproche reacciona también ante Judas: “¿Con un beso entregas al hijo del hombre?”. Ante los soldados, por mucho que se burlen de él y lo hieran, no protesta ni maldice. Pero su actitud global la representan sus palabras en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, que abarcan a todos los grupos. No solo perdona, también disculpa. Al morir por todos nosotros, estaba cumpliendo su mandato de hacer el bien a los que nos odian.
La medida que uséis con los demás la usará Dios con vosotros (37-38)
El discurso cambia de tema. Deja de referirse a los enemigos para centrarse en la conducta con los otros miembros de la comunidad.
No juzguéis, y no seréis juzgados;
no condenéis, y no seréis condenados;
perdonad, y seréis perdonados;
dad, y se os dará:
os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante.
La medida que uséis, la usarán con vosotros.
La primera parte comenzó con cuatro órdenes (amad, haced bien, bendecid, rezad). Ahora encontramos dos prohibiciones (no juzguéis, no condenéis) y dos mandatos (perdonad, dad).
Lo novedoso es que de nuestra conducta depende la que adopte Dios con nosotros. Si juzgamos, nos juzgará; si condenamos, nos condenará; si perdonamos, nos perdonará; si damos, nos dará. Y aquí llega al colmo el tema de la “recompensa abundante” que ha salido ya dos veces en el discurso; ahora se dice que será “una medida generosa, apretada, remecida, rebosante”.
Estas cuatro normas parecen una receta excelente para corromper a Dios y forzarle a tratarnos bien y perdonarnos. Por desgracia, muchas veces preferimos arriesgar su condena por el breve placer de criticar o condenar a alguien.
El tema de no juzgar y no condenar se desarrolla a continuación, pero la liturgia ha reservado el resto del discurso para el domingo 8º.
La 1ª lectura (1 Samuel 26,2.7-9.12-13)
En aquellos días, Saúl emprendió la bajada hacia el páramo de Zif, con tres mil soldados israelitas, para dar una batida en busca de David.
David y Abisay fueron de noche al campamento; Saúl estaba echado, durmiendo en medio del cercado de carros, la lanza hincada en tierra a la cabecera. Abner y la tropa estaban echados alrededor. Entonces Abisay dijo a David:
—«Dios te pone el enemigo en la mano. Voy a clavarlo en tierra de una lanzada; no hará falta repetir el golpe».
Pero David replicó:
—«¡No lo mates!, que no se puede atentar impunemente contra el ungido del Señor».
David tomó la lanza y el jarro de agua de la cabecera de Saúl, y se marcharon. Nadie los vio, ni se enteró, ni se despertó: estaban todos dormidos, porque el Señor les había enviado un sueño profundo.
David cruzó a la otra parte, se plantó en la cima del monte, lejos, dejando mucho espacio en medio, y gritó:
—«Aquí está la lanza del rey. Que venga uno de los mozos a recogerla. El Señor pagará a cada uno su justicia y su lealtad. Porque él te puso hoy en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor».
Ofrece un ejemplo concreto de perdón al enemigo, pero por debajo de lo que pide el evangelio. David, perseguido continuamente por Saúl, tiene la posibilidad de matarlo. A eso lo anima su compañero Abisai. David se niega a hacerlo “porque no se puede atentar impunemente contra el Ungido del Señor”. ¿Y si no se tratara del rey? Cuando estaba al servicio de los filisteos devastaba los pueblos vecinos “sin dejar vivo hombre ni mujer”. David no es el modelo ideal para el modo de tratar al enemigo. Pero podemos aplicarnos el mensaje de esta escena: si David perdonó a Saúl por ser el rey de Israel, yo debo perdonar a cualquiera por ser hijo de Dios.
Cuando los enemigos nos hacen un gran favor
En esta época en que se critica tanto a la Iglesia, conviene recordar que las críticas y persecuciones le hacen gran bien. Tertuliano escribía en el siglo III: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”.
En 1870, el estado italiano se apoderó de Roma y arrebató al Papa la mayor parte de los Estados Pontificios. Lo que muchos católicos de finales del siglo XIX vivieron como una terrible ofensa a la Iglesia, hoy lo vemos como una bendición de Dios. Algunos incluso piensan que Italia debería haberse quedado con todo. San Pedro no tenía nada.
Un propósito muy evangélico
No enviar por las redes sociales ninguna noticia, chiste o comentario que fomente el odio o el desprecio, que insulte o se burle de cualquier persona de cualquier ideología.
Con el evangelio de hoy no nos vale esa excusa tan socorrida del “no lo entiendo”. Algunas veces nos encontramos con pasajes de significado oscuro pero hoy todo queda meridianamente claro.
Sabemos exactamente lo que quieren decir las palabras de Jesús. No hay problemas de interpretación.
Por eso, hoy tampoco nos vale eso de “no sé lo que quiere Dios de mí”. Este texto es todo un programa de vida. Podríamos incluso llamarlo “La Regla de Vida de Jesús.” Vamos a ver cómo quedaría:
Regla de Vida de Jesús
Amad a vuestros enemigos.
Haced el bien a los que os maldicen
Orad por los que os injurian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra.
Al que te quite la capa, déjale también la túnica.
A quien pide, dale.
Al que se lleva lo tuyo, no se lo reclames.
Tratad a los demás como queráis que ellos os traten.
Prestad sin esperar.
Sed compasivos.
No juzguéis.
No condenéis.
Perdonad.
Dad.
La verdad es que queda bien, es un texto corto, fácil de aprender, no tan fácil de vivir. Creo que hoy comprendo un poco más a San Francisco cuando, ante la insistencia de sus hermanos en que escribiera una Regla, los remitía al evangelio. No sé si a aquellos primeros franciscanos les parecería poco, o quizá demasiado…
Lo cierto es que, hacer de la vida de Jesús, o de sus palabras nuestro criterio de vida, no es tarea fácil. Ni siquiera sería fácil tomar este pequeño fragmento de hoy y tratar de vivirlo. Tal vez por eso necesitamos las unas de las otras, por eso nos conviene que la Iglesia sea muy plural y rica en matices. Necesitamos distintos movimientos y familias religiosas que con su esfuerzo hagan vida una palabra, un gesto, un rasgo de la vida de Jesús y, así, entre todos y todas, iremsos formando ese hermoso Rostro de Dios del que somos imagen cuando nos unimos.
Oración
Haznos parte de esa imagen tuya. Ayúdanos, Trinidad Santa, a reflejar un pequeño destello de tu Luz.
Seguimos con el sermón del llano de Lucas. Después de las bienaventuranzas, nos propone otro de los hitos del mensaje evangélico: “Amad a vuestros enemigos”. Es el único dato que puede asegurarnos que cumplimos sus propuestas. Tampoco es fácil entenderlo, mejor dicho, es imposible entenderlo, si no se tiene la vivencia de unidad con Dios. Como programación o como obligación venida de fuera, nunca tendrá éxito, aunque el que lo proponga sea el mismo Dios. Para entrar en la dinámica que los evangelios nos proponen es indispensable comprender que no hay ningún enemigo.
Si sigo pensando que estas exigencias son demasiado radicales, es que no he entendido nada del mensaje evangélico; aún estás pensándote como individualidad separada y egótica, no te has enterado de lo que realmente eres. Jesús propone un planteamiento existencial, que va más allá de toda comprensión racional. Compromete el ser entero, porque se trata de dar sentido a toda mi existencia. Es verdad que desbarata el concepto de justicia de todo el AT y también el del Derecho Romano, que nosotros manejamos. Pagar a cada uno según sus obras o la ley del talión, ojo por ojo… quedan superadas.
Quiero sacaros de la sensación de angustia al descubrir que no somos capaces de amar al enemigo. Esa incapacidad es consecuencia inevitable de un mal planteamiento. Si creo que el evangelio me obliga a amar al enemigo con amor humano, que es un sentimiento, cerceno la posibilidad de cumplir el evangelio, porque los sentimientos son anteriores a nuestros deseos, no están sujetos a la voluntad. En griego hay dos verbos que nosotros traducimos por amar: “agapao” y “phileo”. Pero los primeros cristianos aplicaron al agapao un significado muy concreto que va más allá del que aplicamos al amor humano.
Agape significó para ellos el amor de Dios o el de un ser humano que imita el amor de Dios. Y ya sabemos que el amor en Dios no es una relación sino una total identificación con todo. Phileo siguió significando un amor de amistad, de cariño, de empatía con otra persona. En el texto que comentamos dice agapete, es decir, amaos como Dios ama o mejor, amaos con el mismo amor de Dios. Esta pequeña aclaración nos puede dar una pista de cómo debemos entender el amor a los enemigos. No se nos exige simpatía o amistad con el enemigo sino el amor de Dios al que tenemos que imitar.
Cuando interpreto la propuesta de amar al enemigo como una obligación de tener sentimientos positivos hacia él, entramos en una esquizofrenia porque no está a mi alcance. Lo que pide Jesús es otra cosa que sí está al alcance de nuestra voluntad. Se nos pide que amemos con el mismo amor con que Dios nos ama. Yo no puedo tener simpatía hacia el que me está haciendo daño, pero puedo considerar que hay algo en ese sujeto por lo que Dios le ama; y yo estoy obligado a tener en cuenta ese aspecto que me permita considerarlo parte de mi e identificarme con él a pesar de su actitud.
Esto quiere decir que el amor que nos pide Jesús no está provocado por las cualidades del otro, sino que es consecuencia exclusiva de una maduración personal. En la vida normal damos por supuesto que tenemos que amar a la persona amable; que debemos acercarnos a las personas que nos pueden aportar algo positivo. El evangelio nos pide algo muy distinto. Dios ama a todos los seres, no porque son buenos, sino porque Él es bueno. Pero en vez de entrar en la dinámica del amor de Dios, le hemos metido a Él en la dinámica de nuestro instinto. Hemos hecho un dios que premia a los buenos y castiga a los malos. Si pensamos que Dios ama solo a los buenos, ¿qué podemos hacer nosotros?
Ningún amor puede ser consecuencia de un mandamiento. Cualquier forma de programación es lo más contrario al amor. Ésta es la causa de tanto fracaso espiritual. El amor de que habla el evangelio, como todo amor, tiene que ser consecuencia de un conocimiento. La voluntad es una potencia ciega, no tiene capacidad ninguna de elección. Solo puede ser movida por un objeto que la inteligencia le presente como bueno. Lo que le es presentado como malo, lo rechaza sin paliativos, no puede hacer otra cosa. Cuando en la vida real, repetimos una y otra vez una acción que consideramos mala, es que, en el fondo, no hemos descubierto la razón de mal en esa acción, y solamente la hemos considerado mala como fruto de una programación externa o una obligación impuesta.
Pero ese conocimiento que nos lleve a descubrir como algo bueno el amor al enemigo, no puede ser el que nos dan los sentidos ni la razón, que ha surgido exclusivamente para apoyar a los sentidos y garantizar la vida individual y biológica. El conocimiento que me lleve a amar al enemigo tiene que ser una toma de conciencia de lo que realmente soy, y por ese camino, descubrir lo que son los demás. Este amor es lo contrario del egoísmo. Llamamos egoísmo a una búsqueda del interés individual del falso yo. Cuando descubro que mi verdadero ser y el ser del otro se identifican, no necesitaré más razones para amarle. De la misma manera que no tengo que hacer ningún esfuerzo para amar todos los miembros de mi cuerpo, aunque estén enfermos y me duelan.
No podemos esperar que este Amor que se nos pide en el evangelio, sea algo espontáneo. Todo lo contrario, va contra la esencia del ADN que nos empuja a hacer todo aquello que puede afianzar nuestro ser biológico y a evitar todo lo que pueda dañarlo. Para dar el paso de lo biológico a lo espiritual, tenemos que recorrer un proceso de aprendizaje inteligente, pero más allá de la razón. Solo la intuición puede llevarme al verdadero conocimiento, del que saldrá el verdadero Amor-agape.
Los motivos que propone el evangelio para ese amor, también apuntan al “agape”. “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Mateo es más radical y habla de “sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto”. Se nos pide que nos comportemos como Dios. Se nos pide salir al padre, comportarse como el padre. Solo alcanzando una conciencia clara de ser hijos, podremos considerarnos hermanos. Para los judíos, el concepto de hijo estaba más ligado a la relación humana que a la biológica. Alcanzar la plenitud humana, es imitar a Dios como Padre. Por eso Jesús consideró a Dios su Padre.
Otro problema muy complicado es compaginar este amor con la lucha por la justicia, por los derechos humanos. Jesús habla de no oprimir, pero también, de no dejarse oprimir. Tenemos la obligación de enfrentarnos a todo el que oprime a otro o trata de oprimirme a mí. Tolerar la violencia es hacerse cómplice de esa violencia. Si no ayudamos a los demás a conseguir los derechos mínimos que no se le pueden negar a un ser humano, se nos calificará, con razón, de inhumanos. Pero la defensa de la justicia, nunca se debe hacer con odio, venganza y violencia. Sin la experiencia interior, será imposible armonizar la lucha por la justicia y el verdadero amor. Sin renunciar a la lucha por la justicia, debemos tener claro que esa lucha, tenemos que llevarla a cabo con amor.
«Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan …»
Estamos en el núcleo más íntimo del evangelio; en lo que más genuinamente expresa el sueño de Jesús; el Reino: una humanidad de hijos que solo queriéndose como hermanos encontrará su camino.
Pero estas expresiones que hoy leemos pueden ser interpretadas de muy diversas maneras. De hecho, unos la interpretan como una norma moral sumamente exigente que nos abre las puertas del cielo, otros, como un tratado de sabiduría que nos señala el camino de la felicidad, y otros, como una propuesta genial de convivencia capaz de llevar la humanidad a la plenitud a la que está destinada.
Pero conociendo a Jesús como creemos conocerle, resulta muy difícil imaginar que solo buscase la raquítica salvación de una docena de perfectos, sino que nos estaba proponiendo un proyecto de una gran envergadura. Y así debieron creerlo también los poderosos de Israel, pues solo necesitaron unos meses de predicación para saber que tenían que matarlo porque su doctrina hacía peligrar su estatus y comprometía su forma de vida.
Una lectura superficial del evangelio nos puede llevar a concluir que Jesús no abordó los problemas sociales y políticos de su época –y por tanto de ninguna época–; que sus consideraciones están centradas en la persona particular y no son válidas para dar solución a las dificultades reales de la sociedad. Pero si profundizamos en él, veremos que es justo al contrario, porque Jesús construye el Reino desde dentro, desde abajo, desde el servicio, no desde fuera, desde el poder. Jesús se centra en las personas para que esas personas construyan una sociedad humana mucho más justa y fraterna.
El objetivo último de cualquier sociedad es la convivencia, pero la convivencia se puede tratar de imponer a través de las leyes –cosa que nunca se logra– o se puede sembrar. Como decía Ruiz de Galarreta: «La ley deja a la persona a sus fuerzas, le pone preceptos que debe cumplir, le amenaza, le castiga, pero no le cambia el corazón. El Evangelio le coloca ante el don de Dios, le hace conocer a su Padre, le convierte en Hijo, lo cambia por dentro… y ya no tiene que mandarle nada».
Cuando la convivencia se siembra, tarda un tiempo en dar fruto, pero cuando lo da, da el ciento por uno. La razón es que las actitudes evangélicas –aunque parezca lo contrario– son contagiosas, y cada acción de generosidad, de perdón, de fraternidad, es una siembra que acaba dando fruto. Y es por eso por lo que estamos invitados a actuar como hijos; a estar en el mundo como estuvo Jesús, porque su semilla es poderosa y capaz de cambiarlo definitivamente a mejor.
Ahora bien, a vosotrxs lxs que me escucháis os digo…
Así inicia Lucas nuestro texto de hoy: Lc 6, 27-38. Es el comienzo de la segunda parte del sermón del llano, dirigido al pueblo.
La primera parte va dirigida a los discípulos; en ella propone Lucas dos horizontes, uno de felicidad y otro de desdicha, invirtiendo los valores de la sociedad. Los pobres sufren, pero en el reino de Dios, la nueva sociedad, saldrán de esa situación.
La segunda parte, tema de este domingo, trata el amor generoso y universal, es decir el amor sin distinciones, incluso a los enemigos.
Ahora bien, a vosotrxs lxs que me escucháis os digo:
“Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen… al que te pide, dale…es decir, tratad a los demás como queréis que ellos os traten…”
Te invito a una reflexión orante de estas palabras. No tienen ninguna lógica, sin embargo contienen el secreto del reino, la clave de nuestro seguimiento, sin la cual el cristianismo sería una ideología más. Sin embargo, gracias a ese estilo de sociedad y actuación tan alternativa que Jesús nos propone, tenemos el tesoro escondido.
“Hay que nacer de nuevo” le dirá Jesús a Nicodemo que anda en su noche más oscura intentando acoplar el mensaje de Jesús con sus conocimientos y práctica exhaustiva y fiel de la Tora, de la Ley mosaica.
Y Jesús le dice “hay que nacer de nuevo”. Hay que dejarse nacer por el Espíritu Ruah, que con su sabiduría nos conduzca a la luz para comprender el nuevo modo de pensar y actuar que propone Jesús.
Para nacer tenemos que cruzar la estrechez y la oscuridad de la madre que nos saca, nos empuja a un mundo nuevo, desconocido y en cierto modo aterrador.
De un lugar recogido, pequeño y nutrido, se nos saca a un mundo al que necesitamos entrar despacio. Ahí está el papel de la madre, sigue ofreciéndonos su regazo, su alimento, su calor, su atención…es el gran papel, medio olvidado, de la oración. Oración como diálogo de amor, apaciguador y capacitador para vivir esa escucha, de la que habla Jesús: “A vosotrxs, lxs que me escucháis, os digo”
Me atrevo a afirmar que sólo desde ese calor de presencia que la fe nos garantiza, y a diario, como alimento insustituible por libros, audios…así en el silencio de ese abrazo que nos nutre, sí podemos aprender a ser hijas e hijos. Esa filiación la otorga esa manera de amar, sentir y actuar alternativa, más bien opuesta a la normalizada por una sociedad, incluso iglesia que se ha mezclado demasiado con el poder olvidando la desnudez y vulnerabilidad de los métodos del Nazareno; él cambió la historia con sus manera tan diferente de vivir.
A vosotrxs, lxs que me escucháis os digo:
Potentes y entrañables esas palabras. Si te las tomas en serio te transportan a lugares desconocidos de alegría honda, de pasión encauzada a sacar de la noche a tantxs que hoy están amenazadxs por dictadores enloquecidos de poder.
No, ellos no son la ley, la ley la tenemos inscrita en nuestro corazón y conciencia y sólo si la vivimos desde el calor del amor comprenderemos la necesidad que tiene el mundo de hoy de vidas menos teóricas y más arriesgadas en sus actuaciones en defensa de los más perseguidos.
He vivido y estudiado muchos años en USA. Hoy mis amigxs, las personas con las que compartí vida y fe del Salvador, de Guatemala, de México, de Argentina… gente joven que a fuerza de un trabajo agotador se han hecho su rinconcito en un país que no les quiere oficialmente, pero que se aprovecha de su mano de obra barata…hoy están amenazados de ser deportados. Las madres les dicen a sus hijos al dejarles en el colegio, “si no vengo a recogerte cariño, no llores, vendrá tu tía y te enviará a nuestro país…”
Conozco a muchísima gente que les apoya y acompaña. A muchísimas religiosas que dedican su vida y propiedades a apoyar y acompañar. A muchos laicos que dedican parte de su sueldo para aliviarles. Muchos, en lugar de hacer turismo de tercera edad se dedican a luchar por ellos de mil maneras: utilizando sus profesiones para ayudarles, utilizando sus recursos, utilizando su tiempo creando espacios seguros, para, como dice Jesús, darles de lo que nos piden porque es suyo, al fin y al cabo.
A vosotrxs, lxs que me escucháis, os digo:
Actuad hoy ya, sin demora, como las hijas e hijos de Dios que sois. Sabemos que hijx en la Biblia se refiere al que actúa como su padre, no se refiere tanto al hijo biológico, como al que y a la que adquiere la profesión y modo de actuar del padre.
Mensaje aclarado, somos esxs hijxs predilectas cuando actuamos como el Abba.
Hay mucha tarea, y en efecto, debemos dejarnos nacer de nuevo.
Comentario al evangelio del domingo 23 febrero 2025
Lc 6, 27-38
Parece innegable que nuestra especie no está programada para amar a los enemigos. De hecho, en nuestra evolución moral, la llamada “ley del talión” supuso un progreso notable. “Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe”, se lee en el Libro del Éxodo (21,24-25), cuya versión definitiva puede datarse en el siglo VI a.C. Con esa norma, presente también en el Código de Hammurabi -en torno al siglo XVIII antes de nuestra era-, se trataba de preservar el principio de reciprocidad, que suponía un paso adelante en el comportamiento ético de los humanos, en cuanto buscaba evitar una venganza desmedida y sin control.
Afirmar que, como especie, no estamos programados para amar al enemigo no significa conceder que la energía que ha movido nuestro desarrollo haya sido básicamente la agresión, el enfrentamiento y la competitividad. Estudios recientes vienen a demostrar, por el contrario, que el principio de cooperación ha sido, a lo largo de la historia, tanto o más frecuente y más poderoso que el de competitividad. Pero, en cualquier caso, al “enemigo” -a todo el que era percibido como tal para el propio grupo- se le privaba incluso de su condición de “humano”, lo cual establecía las bases para eliminarlo.
Han sido las tradiciones sapienciales las que nos invitan a mirar la realidad desde otro ángulo, un ángulo que ahora vienen a confirmar las ciencias como el más ajustado.
Aunque es indudable que podemos hacer daño a otros, de la misma manera que podemos recibirlo de ellos, no lo es menos que cada cual, en cada momento, hace lo mejor que sabe y puede. Entender el daño que se hace no significa justificarlo. Pero no entenderlo revela solo narcisismo por parte de quien no puede ver más allá de sus propios “mapas” mentales. Dado que, si pudiéramos ponernos en la piel del otro, seríamos capaces de entender -aunque no justificar- todo lo que hace.
Las tradiciones sapienciales han insistido siempre en que el ser humano se halla constitutivamente orientado hacia el bien. Y la ciencia actual -biología, neurociencias- nos van mostrando que la culpa no existe. Y que, hablando con rigor, llamamos “libre albedrío” a lo que todavía desconocemos de la biología.
Eso explica que, en línea con la propuesta de Jesús, si supiéramos o pudiéramos mirar en profundidad, veríamos que no existen “enemigos”; existen personas que hacen daño, desde su propio sufrimiento no resuelto y desde una ignorancia radical de la que tampoco son culpables.
Esa mirada en profundidad es la que nos permite situarnos en la consciencia de unidad donde, más allá del comportamiento de cada cual, nos percibimos Uno con todos.
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